30 ANIVERSARIO

El pasado día 25 de febrero se cumplió el treinta aniversario de la aprobación por las Cortes Generales del Estatuto de Autonomía para Extremadura. El Estatuto fue aprobado por 228 votos a favor (los del PSOE, UCD y PCE, entre otros), y 72 abstenciones, entre ellas las de los Diputados de Alianza Popular (hoy PP). Tras la votación, el Presidente del Congreso de los Diputados concedió la palabra a los representantes de los distintos grupos parlamentarios para explicar el voto de sus respectivos Grupos. Aquí va la explicación del voto (transcrita literalmente del Diario de Sesiones) del grupo Socialista que tuve el honor de exponer ante la Cámara en ese día:

EL SEÑOR PRESIDENTE: En nombre del Grupo Socialista tiene la palabra el Señor Rodríguez Ibarra.

El Grupo Socialista, señor Presidente, mientras fue minoría, en esta Cámara realizó todos los esfuerzos posibles para que se consiguiera un Estatuto para todos los extremeños. Ese esfuerzo, ahora que estamos en mayoría, lo hemos continuado, prefiriendo sacrificar posiciones mayoritarias, buscando el acercamiento a una oposición que ha preferido volver la espalda a Extremadura, antes que intentar la vía del diálogo y el acuerdo.
No ha sido, señoras y señores Diputados, el Grupo de Unión de Centro Democrático el que ha tenido la idea de buscar una solución intermedia. ¡Ojalá que esa generosidad que ha demostrado el señor Martín Vila en esta ocasión la hubiera podido mostrar en el mes de junio de 1982! con lo cual hubieran desaparecido cartonajes y fantasmagorías y hubiéramos tenido un Gobierno provisional autonómico en Extremadura desde julio de 1982.
Fueron posiciones inflexibles las que hicieron imposible el haber llegado a esa situación y que, efectivamente, a partir de ahora, tengamos que ir a marchas forzadas a la constitución de una Asamblea provisional autonómica ya la constitución de un Gobierno.
Yo creo que no es lo mismo, señoras y señores Diputados, eliminar la representación municipal -que en estos momentos forma parte de la Asamblea de Extremadura, de la Junta Regional de Extremadura- por Real Decreto que eliminarla por un acuerdo del Parlamento.
Creo que las posiciones han estado bastante enconadas en estos últimos días, aprovechando -como decía mi compañero don Pablo Castellano- posiciones de Ayuntamientos que no sabemos a qué Partido pertenecen, y que no sabemos si están siguiendo disciplinas que aquí se han manifestado contrarias a lo que se está haciendo en aquella región. Pero, efectivamente, lo importante, y de lo que se trata, es de que ya tenemos Estatuto de Autonomía para Extremadura, en condiciones, creo yo, de igualdad con el resto de las regiones españolas. Prácticamente, todos los portavoces de las distintas regiones o nacionalidades españolas, cuando subieron a esta tribuna para explicar el voto de su Grupo Parlamentario, normalmente empleaban la expresión de que era un día histórico para la región o para la nacionalidad correspondiente.
Yo lamento, en nombre del Grupo Socialista, no poder decir lo mismo, porque creo que hoy no es ningún día histórico para Extremadura. Y no lo puedo decir porque los extremeños, desgraciadamente, están convencidos de que hay estructuras de siglos que han hecho de nuestra región un cúmulo de problemas aparentemente insolubles. Esas mismas estructuras han creado en el ciudadano extremeño una conciencia de imposibilidad e impotencia.
Es casi seguro que el extremeño, muchísimas veces engañado e ignorado, tendrá dificultades para embarcarse en un nuevo sistema en el que se sienta protagonista. Sé que no será fácil, porque nuestros amigos, nuestros hijos, nuestros hombres más jóvenes, se encuentran fuera y no van a poder ayudar en esta empresa. Pero, a pesar de todo, es necesario intentarlo. Es necesario que el extremeño sepa que el instrumento que hoy se pone a nuestro alcance puede dar la oportunidad de que se oiga a los que nunca se han oído, de abrir cauces de participación a los que nunca han podido participar., de proporcionar herramientas de promoción a los que sólo han tenido su voluntad, de proteger el trabajo y la inteligencia. En definitiva, de luchar para que Extremadura sea un lugar amplio y acogedor en el que quepamos todos y en el que la categoría de emigrantes, que ahora ostentamos los extremeños, se convierta algún día en una mera anécdota.
Para ello necesitamos conocernos y saber que en un pueblo como el extremeño, despojado de sus hombres más inteligentes y eficaces, los estragos de la cultura oficial, egoísta, mostrenca y desencarnada han sido sangrantes. Nos hemos avergonzado de nuestros productos, de nuestra lengua, de nuestras costumbres. Hemos sentido sobre nuestras espaldas el peso de haber nacido en una tierra incapaz de darnos cobijo y seguridad, incapaz de atarnos a ella y de proporcionarnos los mecanismos para luchar por su posesión.
Los responsables de la «educación» en Extremadura han sido, en su mayoría, «manigeros» de la cultura oficial, capataces de la Administración, «adelantados» y colonizadores. Los maestros en nuestra tierra enseñaban el libro que aprendían y que, como es natural, se hacía fuera de Extremadura. De fuera, para muchos extremeños, siempre venía lo bueno, lo que valía, lo que tenía peso, lo que tenía altura. Lo nuestro, para algunos, era de baja calidad, arcaico, cuando no risible para otros.
Los extremeños, condicionados por una historia que llega hasta nuestros días -hoy es ayer todavía en Extremadura-, y que ha creado en nuestras conciencias la idea de que el acceso al poder, a los bienes de consumo y a la cultura corresponden por derecho propio a una minoría, vamos a tener grandes dificultades para salir de la situación en que nos encontramos.
Dificultades que tendremos que afrontar con energía y decisión si queremos poner fin y remedio a lo que se ha dado en llamar por interesados y fatalistas «triste sino de nuestra tierra». Dificultades que requerirán el esfuerzo, el entusiasmo y la ilusión de todos. Dificultades cuya envergadura en muchos casos sobrepasará los límites de nuestras posibilidades y habrá que recurrir al intercambio y a la solidaridad con otros pueblos, pero nunca, como se ha hecho hasta ahora, a la súplica y a la limosna.
Dificultades -cuya solución entraña romper dos barreras que son determinantes: la relación de dependencia que el sistema socioeconómico nos impone y el desconocimiento de nuestra propia realidad a nivel de lo que somos y tenemos.
A nadie se le oculta, y menos a cualquier extremeño que quiera ver y razone, que Extremadura ha sido una colonia del poder central, apoyado éste y muchas veces superado por poderes caciquiles locales. Esta situación y no otras (incultura, pobreza de recursos, etcétera), como se nos ha querido hacer ver, es la que nos ha llevado al lugar de paro, miseria y emigración en el que nos encontramos y, lo más grave, un paulatina pérdida de identidad como pueblo, hasta el extremo de poner en cuestión nuestra propia existencia. Y llevado a algunos a pensar si de verdad existe Extremadura.
Los que utilizan nuestros recursos saben que sí existe Extremadura. Saben que disponemos en nuestra tierra de una mano de obra abundante y barata. Saben de nuestro potencial energético, de nuestra riqueza agrícola y ganadera, de nuestro ahorro trasvasado a otras regiones, de lugares para ubicar industrias contaminantes, de cotos de caza y de pesca… Saben también de nuestro secular silencio, de nuestra capacidad de adaptación a las situaciones más duras e injustas, de nuestros complejos de inferioridad, de nuestras vergüenzas.
La autonomía, señoras y señores Diputados, supone una gran esperanza para el pueblo extremeño. Por primera vez en muchos años tenemos la posibilidad de recuperar, controlar y gestionar, si no todos, sí una gran parte de nuestros recursos. Tenemos la oportunidad con la autonomía de Extremadura de romper el tipo de organización social que se conserva en toda su pureza y esplendor «contra» Extremadura, y que ha supuesto para nosotros el expolio de nuestros recursos económicos en materias primas, agua, energía, ahorro, trabajo humano… A cambio de este enorme montón de riqueza y energía hemos recibido eucaliptos, centrales nucleares, plantas de tratamiento de uranio, sumando a la anterior colonización económica, cultural y política un colonialismo ecológico mucho más amenazante e irreversible.
Este expolio que en Extremadura se ha dado ininterrumpidamente ha determinado una forma de ser en el extremeño que le confunde a los ojos del visitante y, peor aún, del intelectual autóctono que trata de enmarcar las actitudes y los comportamientos de la gente del pueblo según lo que ha leído de él en los libros o el arquetipo que se forja en su imaginación.
Estas personas confunden fácilmente la timidez con la incapacidad, la humildad con el servilismo, la independencia con el individualismo, la prudencia con la desconfianza, la tolerancia con ciertos modos de impotencia para resolver los propios problemas. Estos juicios nos condicionan y nos acomplejan y normalmente nos incapacitan para asumir el protagonismo de nuestras propias responsabilidades.
No existe ninguna razón para afirmar que Extremadura es pobre ni nada que justifique la sangría humana que padece. Sucede que teniendo mucho no hemos dispuesto de casi nada, ni siquiera de la posibilidad de reivindicarlo, de negociar lo que nos corresponde, de exigir un lugar al sol de la justicia y de la igualdad ante los pueblos.
Hay que propiciar una cultura capaz de creamos conciencia de nuestra valía y de nuestra riqueza, una cultura capaz de ayudamos a prescindir de los depredadores, tanto internos como externos. Una cultura que reivindique nuestra lengua, y cuando digo nuestra lengua me refiero a la manera de hablar el castellano en Extremadura, con una fonética muy evolucionada, con una sintaxis casi perfecta, con una riqueza en imágenes y comparaciones difícilmente igualable, con un vocabulario rico y expresivo, no contaminado por los barbarismos al uso. Hablamos una lengua dulce y regia a la vez, de la que algunos extremeños se avergüenzan cuando traspasan los límites de la región…
El señor PRESIDENTE: Señor Rodríguez Ibarra, le ruego que vaya terminando, por favor.
El señor RODRIGUEZ IBARRA: … Obligándose a sí mismos a pronunciar arcaicas «eses» y «jotas» que acentúan nuestro complejo de inferioridad, suscitan la sonrisa del «sabido» y reafirman la seguridad del colonizador en el sentido de que Extremadura es un país analfabeto, en el que el expolio y el saqueo se pueden perpetuar.
La autonomía debe ser pieza clave para romper la relación que el sistema socioeconómico nos impone, y lo será si somos capaces de inventariar, racionalizar y hacer valer nuestros recursos en el mercado. Lo nuestro ha de tener tanto valor y tanta importancia, por lo menos, como lo de los demás. En una sociedad de mercado se perjudica quien compra caro y vende barato, cosa que nos sucede con frecuencia y que cualquiera comprende sin necesidad de bajar al detalle.
La autonomía nos dará la razón y la fuerza para decir basta. Basta de recuerdos imperiales para justificar el ser extremeño, para comprender huidas y carencias, para calmar las aspiraciones de justicia y libertad. La autonomía nos dará la posibilidad –sólo la posibilidad, lo demás lo tendremos que poner nosotros- de empezar a construir una nueva vida para el presente, que empezará a ser historia si somos capaces de aprovechar la coyuntura histórica que nos ha tocado vivir.
El señor PRESIDENTE: Muchas gracias, señor Rodríguez Ibarra.
Se suspende la sesión hasta mañana a las once de la mañana.
Eran las diez y cinco minutos de la noche, del día 25 de febrero de 1983.

ESTADO DE LA NACIÓN

Bastaría que Rubalcaba repitiera hoy todo lo que dijo Rajoy en el último debate sobre el estado de la nación para que la derecha española aplaudiera a rabiar como lo hizo hace dos años cuando, ante la situación calamitosa por la que pasaba el país, se limitó a desacreditar a Zapatero y a pedir elecciones.
Sería un gran error, y no porque España haya encontrado su buen camino -todo va peor que en el 2011-, sino precisamente por eso, porque esa posición no ayudaría en nada a España aunque pudiera servir a los interesé electorales socialistas.
Los españoles esperamos ilusión, entusiasmo, liderazgo y dirección. Si no lo ofrece el presidente del gobierno, que lo ofrezca la oposición, pero que no asistamos a un debate vacío, tenso, marrullero y escabroso. La paciencia se está agotando. Mañana se puede acabar la confianza en los políticos y en la política o se puede volver a levantar la cabeza, arremangarnos, poner lo mejor de nosotros mismos y decidir comernos al país. De ellos depende devolvernos la ilusión o arruinar el sistema de representación.