La ciudad prohibida

La ciudad prohibida / Rosell

La ciudad prohibida / Rosell

Hace casi cien días que se decretó el estado de alarma y, consecuentemente, el confinamiento total o parcial de los españoles para esquivar la temible pandemia declarada por los efectos del llamado coronavirus. En líneas generales, los ciudadanos hemos hecho lo que se esperaba de nosotros. No ha habido grandes discrepancias a la hora de adoptar todas y cada una de las medidas que la autoridad sanitaria ha ido dictando semana tras semana. Los sanitarios españoles han dado un ejemplo de madurez y de responsabilidad. No cayeron en la tentación de ponerse a discutir entre ellos o contra la autoridad sanitaria por falta de material y de personal. Lo importante era salvar vidas y a ello se entregaron arriesgando las suyas. Su ejemplar comportamiento ha sido reconocido con la concesión del premio Princesa de Asturias de la Concordia y con el aplauso diario que puntualmente le dedicábamos los ciudadanos a la caída de cada tarde.
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Certezas y paradojas

No pretendo con este escrito convencer a nadie de nada. Compartir certezas y dudas se me antoja necesario en este complicado momento en el que vivimos. Nadie sabe, por ejemplo, si es cierto que un gobierno cuyo presidente fue la consecuencia de un parlamento surgido de unas elecciones, debe rendir cuentas o no de su acción de gobierno ante otro parlamento, consecuencia de otras elecciones posteriores.

De lo que no cabe la menor duda -y ahí va mi primera certeza- es de que es el Parlamento, y no los ciudadanos, el que elige al presidente de un gobierno en un sistema parlamentario como el que diseña nuestra Constitución, a diferencia de lo que ocurre en los sistemas presidencialistas. Resulta paradójico y contradictorio que, para demostrar el nivel de democracia en el funcionamiento interno de un partido, la prueba del nueve sea la de elegir o no a su candidato a presidente del Gobierno, alcalde o presidente de comunidad autónoma por el procedimiento de primarias.

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El adiós de Guerra

Alfonso Guerra en el Congreso de los Diputados, en 2011 (EFE)

Nació en 1940. La mitad de lo que lleva vivido lo pasó en la dictadura franquista y la otra mitad en la democracia de 1978. Es un personaje irrepetible en la historia del socialismo democrático español. Si anuncia que se marcha de la política activa al acabar este periodo legislativo es porque quiere. No me cabe la menor duda de que si hubiera decidido continuar, continuaría. Es seguro que si se quedara en su escaño hasta el final de la legislatura, sus compañeros sevillanos, la dirección socialista andaluza y la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE le presionarían para que, de nuevo, encabezara la lista socialista por Sevilla.

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