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Congreso de los Diputados. Foto: EFE
Antes de la muerte de Franco y durante la Transición española, la dedicación a la actividad política constituía en la mayoría de los casos un ejemplo de dignidad, valentía y altura de miras. En la mayor parte de los casos, el compromiso acompañaba a quienes se dedicaron a esa actividad. La cosa ha ido enredándose de tal manera que ahora esa dedicación -absolutamente necesaria para que la democracia exista- es sospechosa. Lejos de dar brillo, lo que hace es empañar la imagen. Antes, la familia aconsejaba no dedicarse a la política porque resultaba una actividad peligrosa para quienes habían vivido en sus carnes el fracaso de la II República y el terror de la dictadura. Ahora, las familias vuelven a aconsejar la no dedicación porque aparece como una actividad vergonzosa a los ojos de muchos ciudadanos.
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Elogio de la valentía

Foto: EFE
El pasado día 8 de junio, Alberto Corazón, pintor, escultor y miembro numerario de la Real Academia de Bellas Artes, publicó un artículo en El País que, bajo el título ¡Arrepentidos, ¡a las urnas!, lamentaba el voto que concedió a Podemos en las pasadas elecciones del 20-D. Muy defraudado ha debido quedar tan prestigioso intelectual con Iglesias y los que le siguen como para escribir semejante alegato contra ellos y, particularmente, contra su líder.
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Los tópicos son los que agotan

Foto: EFE
Pronto se iniciará la nueva campaña electoral, aunque cualquiera que no viva en España y nos visite en estos días, si ve cualquier tipo de prensa, podrá concluir que la campaña electoral ya está lanzada a toda pastilla. De igual manera que en los inicios de la Transición nos inventamos aquello de la preautonomía, con el paso del tiempo, también creamos lo de la precampaña, que es una forma camuflada de denominar las campañas electorales de dos meses de duración.
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Oiremos las mismas canciones

Se acabó la undécima legislatura y a partir del 26 de junio se abrirá la décimo segunda de la democracia. Ello significa que en el próximo mes volveremos a votar por las diferentes opciones que deseen obtener representación en el Congreso y en el Senado. Previamente, como viene ocurriendo desde que se disfruta de democracia, los partidos y coaliciones se tirarán a la calle para hacer llegar al electorado todo aquello que crean oportuno para sus intereses. La campaña -y antes la precampaña- acompañaran nuestras vidas hasta el día de la votación. Lo que a nosotros nos parece anormal, es algo habitual en las democracias que se rigen por un sistema electoral que contempla la segunda vuelta para declarar vencedor a aquel partido o candidato que no obtuvo la mayoría absoluta en la primera tanda de votaciones. Si los votantes de esos países no se cansan, no veo la razón del supuesto hartazgo que anima a los españoles por el hecho de tener la posibilidad de votar dos veces en cuatro meses. Y digo bien cuando escribo la posibilidad de votar porque, a diferencia de lo que ocurre en otras democracias, en la española el voto es voluntario
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