A la larga, el galgo a la liebre mata

Partidarios de Abdelfatá al Sisi celebran su reelección el pasado 2 de abril.

A la larga, el galgo a la liebre mata (refrán español). Hagamos un breve repaso de lo que fue la llamada primavera árabe. Ni Túnez, ni Libia, ni Yemen, ni Siria, ni Jordania, ni Bahrein han encontrado el camino hacia la libertad, la democracia o el laicismo que propugnaban quienes se jugaron la vida en aquellos meses de la primavera de 2011. No sería excesivamente radical afirmar que en esos países mandan los de siempre y matan los que siempre mataron.

Años de lucha, sufrimiento, dolor y muerte para volver al sitio de donde los egipcios salieron en 2011

Si no véase el caso de Egipto. Desde octubre de 1981, Mubarak se consolidó como un férreo dictador que, apoyado por el ejército egipcio, mantuvo su mandato durante más de treinta años. Esos militares que, durante la primavera egipcia, cometieron toda clase de barbaridades y asesinatos masacrando a un pueblo que se tiró a la calle para tratar de terminar con un régimen anacrónico, autoritario y carente de valores por los que mereciera la pena vivir.

La plaza Tahrir de El Cairo siguió los pasos de la juventud tunecina que inició la transición de esos países a la democracia. Con la dimisión de Mubarak, los ánimos se encendieron y todos los demócratas aplaudimos el éxito de ese tipo de movilizaciones que prometían la apertura de un nuevo tiempo en el Magreb y en el Golfo. Egipto celebró hace seis años sus primeras elecciones. Los Hermanos Musulmanes ganaban las primeras elecciones libres del país y dos años después, los mismos militares que mandaban con Mubarak, que mataron en la primavera egipcia, volvieron al poder.

Años de lucha, sufrimiento, dolor y muerte para volver al sitio de donde los egipcios salieron en 2011. Ha sido un recorrido fallido, costoso en vidas humanas y, seguramente, el preludio de lo que acabó ocurriendo en el resto de los países que decidieron un día no muy lejano, descubrir la libertad. Fallido sí, inútil, no.

Como siempre ocurre, las elecciones las ganaron los que sí estaban organizados; en el caso egipcio, los Hermanos Musulmanes

Centenares de miles de egipcios unieron sus fuerzas y fueron capaces de hacer frente al poder constituido en Egipto, hasta el punto de que quien mantuvo un control férreo sobre la población, sin miramientos por los derechos humanos y por la libertad, fue condenado a cadena perpetua por la comisión de varios delitos, entre ellos, por el asesinato de ochocientos compatriotas suyos, aunque posteriormente fue puesto en libertad en 2017.

Querían una nueva Constitución y unas elecciones libres, y las tuvieron. Hasta ahí su acierto. ¿Dónde se equivocaron? Las movilizaciones populares, la invasión permanente de la plaza Tahrir, consiguieron que el deseo de acabar con un sistema autoritario y un régimen policial se viera satisfecho. Pero cuando ya no se trató de destruir sino de construir, cuando hubo que elegir los representantes de una ciudadanía que había luchado y peleado por la democracia, el pueblo en masa no pudo presentarse a unas elecciones. Ni pudo ni, seguramente, quiso organizarse. Y como siempre ocurre, las elecciones las ganaron los que sí estaban organizados; en el caso egipcio, los Hermanos Musulmanes.

Y en 2013, al Sisi encabezó un golpe de Estado que derrocó al único mandatario civil elegido democráticamente en la historia de Egipto, el islamista Mohamed Morsi. Otra vez, el ejército en el poder. En 2014, el antiguo jefe de las Fuerzas Armadas egipcias fue elegido presidente por primera vez. Y, de nuevo, en 2018, Abdelfatá al Sisi ha vuelto a ser elegido presidente son el 97,08% de los votos.

Solo falta que los demócratas egipcios aprendan la lección y se organicen alrededor de partidos serios, demócratas y solventes

La oposición democrática ha vuelto a tener su oportunidad. En esta ocasión, a lo más que ha llegado ha sido a conseguir una alta abstención; casi el 60% de los electores no han acudido a su cita con las urnas, a pesar de que las multas por no votar ascienden a cantidades bastantes significativas en relación con el salario medio de los trabajadores egipcios.

Está claro que hay una población desafecta al régimen de Al Sisi y que esa población fue la que consiguió unirse para derrocar al sistema que encabezaba Mubarak. Fueron buenos para destruir un régimen autoritario y ahora están demostrando su incapacidad para construir una democracia. De nuevo se pone de manifiesto que si los que desean un Egipto democrático, moderno y laico no se organizan, volverán a perder. Y no existe otra forma de ganar unas elecciones que concurriendo a ellas amparados en un programa, un liderazgo y unas siglas.

Hasta ahora, los egipcios han hecho un recorrido fallido, costoso en vidas humanas. Solo falta que los demócratas egipcios aprendan la lección y se organicen alrededor de partidos serios, demócratas y solventes.

Leer “A la larga, el galgo a la liebre mata” en El Huffingtonpost

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