Acuerdo y desacuerdo con Felipe González

Felipe González (EFE)
Nunca -ni antes ni ahora- escuché a Felipe González establecer una comparación entre el nazismo o el fascismo y lo que ocurre en estos momentos en España y, más concretamente, en Cataluña. Y, tampoco, esa analogía se puede deducir del brillante artículo que recientemente publicó en El País bajo el título de A los catalanes.
Sí deduje del párrafo en el que afirma que la liquidación del mismo Estatuto y de la Constitución en que se legitima, si se obtiene un diputado más en esa lista única de rechazo (…) es lo más parecido a la aventura alemana o italiana de los años treinta del siglo pasado. El señor Mas sabe que, desde el momento mismo en que incumple su obligación como presidente de la Generalitat y como primer representante del Estado en Cataluña, está violando su promesa de cumplir y hacer cumplir la ley; y se puede establecer un paralelismo entre la conducta de Artur Mas, tratando de romper la legalidad desde dentro del sistema, con la manera en que una marcha sobre Roma o unos poderes excepcionales al canciller alemán acabaron con sus democracias desde dentro.

Aquello que acabó en tragedia vacunó a muchos europeos. La Europa Unida fue un antídoto contra las doctrinas que estuvieron a punto de acabar con las democracias formales y los Estados de Derecho. España no se condujo de la misma forma. Vivimos una Guerra civil. Una pequeña pero gran diferencia. Los españoles estamos poco inmunizados contra los intentos de destrucción democrática que vienen desde dentro de la propia democracia. Tantos golpes de Estado, incluido el último del 23F de 1981, nos vacunaron contra los peligros venidos de fuera. Pero llegó el intento de secesión o el intento de abrir un inverosímil proceso constituyente y la política no existe, o se siente incapaz de dar un argumento contundente.

Afortunadamente, ya no vivimos en los años 30, cuando en nombre de la ‘Nación’ se aplastaron constituciones democráticas de España y de la mayoría de Europa. Ahora, para muchísimos españoles, la nación no lo es todo, y en nombre de la nación no estamos dispuestos a aceptar que se destruya la Constitución y el modelo de Estado de 1978, que tanto costó fundar sobre los cimientos que otros pusieron.

Ese es el llamamiento a la sensatez de Felipe González, y al ejercicio de la prudencia a quienes tienen el deber y la obligación de actuar conforme a las leyes y los juramentos y promesas que permitieron que, por ejemplo, el presidente Mas esté donde está. Felipe González ha tratado de buscar voces para el debate libre y riguroso que necesitamos, pero sobre todo, pretende dejar a un lado las diferencias para unirnos en pro de unos objetivos políticos superiores, que no son otros que respetar y cumplir las leyes y la Constitución por encima de cualquier otra consideración. Y advertir que cruzar ese límite es inaceptable por peligroso, asemejando a quien lo quiere cruzar con quienes desde el nazismo y el fascismo rompieron la convivencia y la libertad en sus respectivos países y estuvieron a punto de acabar con las democracias y los Estados de Derecho.

Si se admite el concepto de nación para un territorio, ¿cuántas naciones se está dispuesto a aceptar dentro de la nación española?

Coincido, pues, con lo dicho por el expresidente González, aunque discrepo en su opinión sobre la consideración de Cataluña como nación. Felipe González tiene derecho a decir lo que piensa sobre este endemoniado asunto. Y se puede estar o no de acuerdo con ese pensamiento, a condición de que se explicite y se debata en el seno del PSOE, porque no estamos hablando de un asunto baladí, máxime cuando en España basta que alguien aspire a ser diferente para que se le una un coro de voces que, sospechando que ser diferente da derecho a tener más derechos, se apuntan rápidamente a la diferencia.

Si se admite el concepto de nación para un territorio, ¿cuántas naciones se está dispuesto a aceptar dentro de la nación española? Los nacionalistas gallegos ya habrán tomado buena nota de la nación política catalana y se prestarán a levantar la bandera de la nación gallega. Imagino que no pasarán dos meses sin que los nacionalistas vascos reclamen el mismo concepto para lo que ya es un país. Y ¿qué dirá el del Consell mallorquín que se hizo un nombrecito metiéndose con los extremeños? Y a partir de ahí, y vista la experiencia, casi todos querrán emular la definición, como ocurrió con lo de región y nacionalidad.

No sería de temer ese nuevo definitorio nacional y territorial a condición de que se explicite en qué consiste el todo y cuál es el papel de las partes. En definitiva, que se tenga el coraje suficiente de definir el modelo que cada cual defienda y que se diga si el resultado final es federalismo, federalismo asimétrico, confederalismo o cualquier otro modelo que se desee. Pero, ¡que se explicite clara y rotundamente!, y así tendremos los demás la oportunidad de acatarlo o combatirlo.

Ahora que tanto se cita por parte socialista la Declaración de Granada – que ningún órgano del PSOE, estatutariamente autorizado, legitimó- no estaría mal repasar la Declaración de Mérida y Los acuerdos de Santillana para saber por dónde deberíamos circular los socialistas en este diabólico conflicto territorial que sería más llevadero si cada cual se dedicara a lo suyo.

Leer “Acuerdo y desacuerdo con Felipe González” en El Huffington Post

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