Algunas mentiras

El secretario general de Podemos, Pablo Iglesias, durante su intervención en 'El otro estado de la Nación'. (Efe)

Terminó el debate del estado de la Nación. Cuando no se esconde detrás del plasma, Rajoy demuestra, una vez más, quién es, de dónde viene y a dónde va. Nunca se sabrá si el tono displicente que empleó con Pedro Sánchez es la consecuencia de su manera de ser o es la concesión a lo que él cree que puede satisfacer los peores instintos de su electorado; como no me creo lo segundo -conozco gente de derechas que no aprueba ese tono-, pienso que sus maneras son el reflejo de su personalidad. “No vuelva por aquí”, le dijo al líder socialista, demostrando una vez más que la democracia y la dictadura son para Rajoy dos caras de la misma moneda, lo que explica que, desde el principio, el presidente decidiera sumarse al grupo que encabezaba su admirado Fraga cuando empezaron a transitar por los caminos de la democracia en forma de los Siete Magníficos.

En ese debate nadie echó en falta al líder máximo de Podemos, pero el señor Iglesias sí echó y añoró su deseada presencia en el Congreso de los Diputados. La prueba es que, apenas a un kilómetro de distancia, en el Círculo de Bellas Artes, Podemos trató de escenificar su anhelado debate sobre el estado de la Nación, echando por tierra el cacareado eslogan de “no nos representan”. En el Congreso estaban los representantes de los ciudadanos y allí no estaba Pablo Iglesias, y no porque no quisiera, sino porque no podía. Su sitio, ese día, estaba en el Parlamento Europeo que celebraba sesión plenaria, pero Iglesias prefirió ausentarse de ese Parlamento para acercarse lo más posible al Parlamento español, ese lugar en el que se asienta la soberanía nacional y donde quería, pero no podía, subir a la tribuna. Se ha atribuido el papel de interlocutor del presidente del Gobierno, sin que los ciudadanos le hayan conferido esa condición por el procedimiento que dicta la democracia, es decir, por el voto en unas elecciones.

Igual que debates como los del martes y miércoles evidencian que es mentira eso de que ‘no nos representan’, también es mentira que desde ciertos sectores políticos se desee desalojar a la derecha

Y de la misma forma que debates como los del martes y miércoles pasado evidencian que es mentira que no nos representan, también es mentira que desde ciertos sectores políticos se desee desalojar a esa derecha que tiene como líder al despreciativo Rajoy. Cualquiera sabe que aventuras como las de Syriza no triunfan electoralmente de un día para otro, que fueron once años los que necesitó esa coalición para derrotar a la derecha en Grecia. Izquierda Unida, que fue un intento similar al de la coalición griega, se va quedando en el camino después de años de tratar, no de ganar a la derecha, sino de superar a los socialistas para erigirse ellos en la principal fuerza de la izquierda española.

Izquierda Unida pierde gas pero, de nuevo, la fragmentación hace su aparición en el espectro de la izquierda, surgiendo grupos que, desde un narcisismo indescriptible, facilitarán el éxito electoral de una derecha que no merece ser gobernada por representantes que  desprecian a quienes legítimamente tienen un pensamiento político diferente del suyo. A ninguno de esos grandes y ególatras líderes se les ocurre pensar, por un momento, que la izquierda ya tiene un instrumento probado y útil, que con nuevas y frescas incorporaciones podría ganar de calle las próximas elecciones si, de verdad, fuera eso lo que se pretendiera. Los creadores de tantos grupos nunca llegan a pensar que a la izquierda le iría mejor si ellos decidieran ser cola de león y no cabeza de ratón.

Y también es mentira que la mejor forma de ganar el futuro sea apostar únicamente por políticos de nueva hornada. En política, como en cualquier otra actividad humana, existen jóvenes, viejos, jóvenes-viejos y viejos-jóvenes. Todos ellos tienen su lugar y su papel en esta película que se está rodando en esta España de principios del siglo XXI. De vez en cuando, aparece alguien con 66 años -muy viejo para algunos- que, como Ángel Gabilondo, es capaz de entusiasmar a la audiencia, poniendo en evidencia a los defensores de la efebocracia y demostrando, una vez más, que eso de la vieja guardia en los partidos políticos es pura leyenda con la que se califica a quienes se quieren jubilar. Lo que existen son personas que, independientemente de su edad biológica, rezuman capacidad de liderazgo, tienen algo que decir, cuentan con una vida laboral aseada y con un compromiso que  quieren cumplir.

Ya ven, a Gabilondo no le ha dado por fundar un partido político para, después, pregonar la unidad de la izquierda. Con su apuesta desde el socialismo del PSOE ha demostrado que quiere ganar a la derecha y que no le importa compartir proyectos e ideas con la izquierda que menos le gusta a la derecha.

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