Certezas y paradojas

No pretendo con este escrito convencer a nadie de nada. Compartir certezas y dudas se me antoja necesario en este complicado momento en el que vivimos. Nadie sabe, por ejemplo, si es cierto que un gobierno cuyo presidente fue la consecuencia de un parlamento surgido de unas elecciones, debe rendir cuentas o no de su acción de gobierno ante otro parlamento, consecuencia de otras elecciones posteriores.

De lo que no cabe la menor duda -y ahí va mi primera certeza- es de que es el Parlamento, y no los ciudadanos, el que elige al presidente de un gobierno en un sistema parlamentario como el que diseña nuestra Constitución, a diferencia de lo que ocurre en los sistemas presidencialistas. Resulta paradójico y contradictorio que, para demostrar el nivel de democracia en el funcionamiento interno de un partido, la prueba del nueve sea la de elegir o no a su candidato a presidente del Gobierno, alcalde o presidente de comunidad autónoma por el procedimiento de primarias.

Imaginemos que los candidatos a presidente del Gobierno de los distintos partidos que concurrieron a las elecciones del pasado 20D hubieran sido todos elegidos por el procedimiento de primarias abiertas, votando afiliados y simpatizantes. En la situación en la que nos encontramos en España en estos momentos, habría un parlamento elegido por los votantes, con una composición determinada, y un presidente del Gobierno en funciones, elegido por su partido, por primarias, para volver a presidir ese Gobierno.

Casi todo lo que está ocurriendo ocurriría igual, con una salvedad: nadie osaría pedir a ese candidato que diera un paso atrás o al lado para dejar que otro miembro de su partido aspirara a negociar la investidura y la formación de un gobierno presidido por él. La paradoja radica en el hecho de que los que defienden la elección de candidato por primarias en los partidos son los mismos que piden la sustitución de Mariano Rajoy por otro militante del PP, alejándose estrepitosamente de la doctrina de las primarias.

De haber sido elegido por los afiliados y simpatizantes del PP, ¿ante quién tendría que responder Rajoy a la hora de querer irse o quedarse en el puesto para el que fue elegido? ¿Qué cara se le pondría al cuerpo electoral del PP si, de buenas a primeras, aquél que ellos eligieron deja el paso a otro que no cuenta con sus simpatías? ¿Quién, dentro de su partido, tendría la autoridad para pedirle que se fuera, frente al deseo del conjunto de la militancia y los simpatizantes que lo designaron candidato?

Segunda paradoja: suponiendo que los deseos de elección por primarias se hubieran convertido en ley, el mérito del secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, por haber puesto en marcha “el reloj de la democracia”, haciendo posible, con su aceptación como candidato a la investidura de presidente del Gobierno, que corran los plazos, se hubiera tornado en demérito, puesto que todos los partidos, en lugar de tratar de formar gobierno en los dos meses siguientes, lo que tendrían que hacer sería organizar el sistema de primarias para que la elección fuera algo más serio de lo que han sido los ejemplos habidos hasta ahora.

Tal y como se han venido celebrando esas primarias, se puede afirmar sin temor a exagerar que no han llegado a ser algo distinto a una ventajosa selección entre cargos orgánicos e institucionales de los partidos. Nadie puede tratar de hacernos creer que, con ese sistema, un secretario general o un presidente del Gobierno o de comunidad autónoma cuentan con las mismas posibilidades de ser elegidos por la militancia y los simpatizantes que un modesto afiliado de cualquier agrupación local que tenga que acudir mañana y tarde a su trabajo, en el que, con toda seguridad, nadie le va a dar permiso para recorrerse España o su región, ni contará con recursos económicos para hacerlo, ni tendrá la posibilidad de acudir a debates, mesas redondas, ruedas de prensa, entrevistas en radio, prensa o televisión, como puede hacerlo aquél que cuenta con todas esas ventajas.

Tratar de copiar un sistema como el de EEUU, donde se la juegan entre millonarios o gobernadores de Estados gastando una fortuna que no tiene nadie que pertenezca a la clase media o baja, es la tercera paradoja: cuando tratan de convencernos los partidos de izquierdas de las bondades de semejante desigualdad de oportunidades.

Leer “Certezas y paradojas” en El Huffington Post

 

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