Como el aceite y el agua

Pedro Sánchez hace una ofrenda floral ante el busto de Pablo Iglesias en Málaga. (EFE)

Más de 100 intelectuales llaman a la unidad de “las fuerzas del cambio”. Mover ficha por la unidad popular, es el título del manifiesto que encabeza el admirado y gran director de cine Pedro Almodóvar.

¿Qué pretenden? ¿Qué significa la unidad popular? ¿Cuáles son las fuerzas del cambio? Quienes han participado activamente en la política desarrollada por el PSOE desde el momento en que la democracia se abrió camino en nuestro país, hasta que varios de los firmantes del actual manifiesto se encuadraron en el grupo que apoyó a José Luis Rodríguez Zapatero, secretario general de ese partido, para la Presidencia del Gobierno, se reclaman de esas fuerzas del cambio y no van a aceptar que se les pretenda excluir de una tarea que los socialistas tratan de llevar adelante con mejor o peor fortuna desde su fundación en 1879, hace ya 134 años.

No me cabe la menor duda de que muchos votantes y militantes socialistas tienen esa sensación, como estoy seguro que de igual forma de pensar serán los afiliados y votantes de Izquierda Unida que, hace unos cuantos años, decidieron -sin fortuna- engrandecer un movimiento de cambio que pudiera acompañar y ensanchar la política y el espacio electoral del Partido Comunista de España.

Los defensores de la unidad de fuerzas progresistas y de izquierdas crean nuevos movimientos para unir a la izquierda dividiéndola y atomizándola un poquito más

En estos días convulsos, donde la gente de izquierdas no sabe dónde poner su entusiasmo en el mano a mano que se han traído la Unión Europea, por un lado, y Grecia, por otro, se observa cómo determinada forma de cultura escenifica en las piedras milenarias del Teatro Romano de Mérida el espectáculo que los programadores habían preparado para deleite del gobierno del PP que, hasta hace unos días ha gobernado en Extremadura. Bajo el argumento de que “la cultura está por encima de la política”, nadie ha movido una ceja ni ha decidido presentar su dimisión o retirarse de la escena ante tan significativo cambio de gobierno. Ni siquiera han decidido suprimir el premio CERES que tanto dio que hablar -y no precisamente bien- al mundo de la cultura extremeño que veía correr los euros por miles para satisfacción de quienes aplaudían desde su atalaya cultural al presidente popular por su magnanimidad, como volverán a hacerlo en agosto al presidente socialista, por lo mismo, mientras la cultura de base ha ayunado durante estos últimos cuatro años por falta de apoyo institucional público.

¡Superar las siglas! Es una de las demandas de quienes bienintencionadamente apuestan por la unidad popular. Es indiscutible que, sobre el papel, la teoría suena bien a quienes honradamente están dispuestos a arriesgar para que las fuerzas de la reacción pierdan cualquier posibilidad de ganar unas elecciones frente a la fuerza del cambio, habitualmente tan fraccionada. En la práctica siempre ocurre lo mismo: los defensores de la unidad de las fuerzas progresistas y de izquierdas crean nuevos partidos o nuevos movimientos para unir a la izquierda dividiéndola y atomizándola un poquito más.

Si los que desean la unidad de las fuerzas progresistas se unieran bajo el paraguas de unas siglas centenarias la derecha en España sería un intento frustrado

La única experiencia de unidad popular de la que tenemos recuerdo los españoles no es precisamente una vivencia de la que se puedan sentir orgullosos quienes la intentaron, consiguieron y destrozaron, después del tremendo fracaso que supuso la guerra civil española de 1936. Como no hace falta ser adivino para saber que socialistas y comunistas, escaldados de aquella aventura, no estarán en condiciones de adentrarse en otra peripecia como la que se propone setenta y nueve años después, el llamamiento de ese grupo centenario de intelectuales, a favor de la unidad, devendrá en la creación de otra plataforma electoral que, sumada a las que ya existen, dividirán aun más a la izquierda a la que supuestamente se pretende unir. “Unamos a la izquierda dividiéndola un poco más” parce ser el lema de a quienes les parece poco transformador un partido que, como el PSOE, es el artífice de cualquier efeméride que pretenda señalar los momentos en los que España dejó de ser un país católico, apostólico, romano, autoritario, casposo, antiguo, cavernícola, caciquil y atrasado para convertirse en otro laico, europeo, moderno, abierto, universal y democrático.

Si todos los que desean la unidad de las fuerzas progresistas y transformadoras se unieran bajo el paraguas de esas siglas centenarias, la derecha en España sería un intento frustrado cualquiera que fuera el proceso electoral que se encarara. Cuando oigo a determinados representantes del mundo de la cultura pedir la superación de las siglas partidarias, me parece escuchar a quienes piden que se les mantenga en el puesto que obtuvieron gracias al éxito de unas siglas -las del PP- porque “la cultura está por encima de la política”. Como el aceite y el agua.

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