¿Dónde están?

¿Dónde están? / Rosell

¿Dónde están? / Rosell

Cuarenta y un años es una fecha que se adentra en el periodo de madurez y que obliga a revisar el tipo de democracia que nos dimos los españoles con la Constitución de 1978. Quienes por edad supimos lo que era vivir en un país sin democracia, sometido a una dictadura, y sin libertad, podemos saborear con mayor placer los cuarenta y un años que llevamos viviendo en libertad. Produce risas, cuando no irritación, oír que la Transición que hicimos los españoles en los años 70 del siglo XX, es una prolongación del régimen franquista. Sólo los muy ignorantes o los muy desaprensivos están dispuestos a equiparar la dictadura surgida tras la Guerra Civil española con la democracia ganada tras la aprobación del texto constitucional. Sólo los populistas y los nacionalistas independentistas se refieren a la democracia española con el que para ellos es un título ofensivo: “Régimen del 78”.

Frente a esa perniciosa percepción nacional-populista, el único antídoto que conozco es el fortalecimiento de las instituciones democráticas y la educación cívica del ciudadano, que en España deja mucho que desear. Los españoles tenemos que asumir nuestra condición de ciudadanos y hacernos responsables de nuestros actos y asumir el coste de nuestras decisiones. La democracia es el único sistema político en el que la responsabilidad de lo que pasa recae sobre la espalda de los ciudadanos.

Cuando se celebraron las primeras elecciones de 1977, se visualizó que el pluralismo político se había abierto paso en la sociedad española. Fueron muchos los partidos políticos que concurrieron a esas elecciones, saliendo de la misma raya y con parecidas oportunidades. Y fueron los ciudadanos, los que con su voto colocaron a cada partido en el sitio que creyeron oportuno, de tal manera que el sistema de partidos que tenemos en España y la composición del parlamento español es el resultado de la voluntad del electorado. Las últimas elecciones generales han demostrado que era falso aquello que decían comentaristas y teóricos políticos de que la ley electoral estaba elaborada para beneficiar a los dos grandes partidos y posibilitar el bipartidismo y la alternancia en el gobierno de los mismos. El bipartidismo ha dejado de existir por el momento y la ley electoral no se ha cambiado.

La democracia sigue siendo el mejor sistema político para la inmensa mayoría de los ciudadanos y, sin embargo, una mayoría equivalente parece no sentirse satisfecha con el funcionamiento de la misma. Tengo la impresión de que muchos ciudadanos piensan que la democracia es sólo cuestión de los políticos y de los partidos en los que ellos militan. En mi opinión, la democracia es el único sistema político en el que la responsabilidad de lo que pasa recae sobre la espalda de los ciudadanos.

El funcionamiento de los partidos debe ser democrático como ordena la Constitución y ellos deben ser el instrumento del que nos valemos los ciudadanos para que nuestras reivindicaciones o nuestros deseos de articular una sociedad justa, equitativa y eficiente puedan llegar a ser una realidad a través del voto de nuestros representantes parlamentarios. La forma de elección de los dirigentes partidarios está cambiando en los últimos tiempos; el sistema de representación ha sido cambiado por el de democracia directa, quitando esa responsabilidad de las manos de los compromisarios para ponerla en manos de la decisión de los afiliados.

Por eso llama la atención que en estos momentos de oscuridad, cuando seguimos con un gobierno en funciones, casi todo el mundo recrimine a los grupos parlamentarios por no ser capaces de articular un gobierno fuerte y estable. El líder de Unidas Podemos es persistente en sus manifestaciones cuando reclama un acuerdo con el PSOE porque “ésa fue la voluntad de los votantes de ambas formaciones políticas”. Yo voté PSOE y no entro dentro de ese deseo. Yo no quiero un pacto con Podemos, no porque desconfíe o porque tema grandes desgracias para mi país. No quiero por varias razones: la más decisiva tiene que ver con el hecho de que yo no sé qué es Unidas Podemos. Si se definieran política e ideológicamente, tal vez podría modelar mi deseo. Ni sé cuáles son sus referentes ideológicos ni políticos. El PSOE es un partido encuadrado dentro del espectro socialdemócrata; así somos y así se nos reconoce. Cuando se dice que Unidas Podemos está a la izquierda del PSOE, ¿dónde están? Si están en la socialdemocracia, por qué no se encuadran en el PSOE y dejan de dividir. Y si no están en la socialdemocracia, ¿dónde están? ¿Son liberales? ¿Son demócrata-cristianos? ¿Son comunistas? ¿Qué son? Cuando algunos de ellos se sitúan en el anticapitalismo, ¿dónde están? Si se aclararan, podríamos ir, de nuevo a unas elecciones obligando a cada partido a definirse, a decir cuál es su modelo y a explicar con quiénes podrían pactar y con quiénes no. Entonces, Pablo Iglesias sí podría decir con autoridad las razones que llevaron a los ciudadanos a votar lo que votaron.

Leer “¿Dónde están?” en El Diario de Sevilla

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