El adiós de Guerra

Alfonso Guerra en el Congreso de los Diputados, en 2011 (EFE)

Nació en 1940. La mitad de lo que lleva vivido lo pasó en la dictadura franquista y la otra mitad en la democracia de 1978. Es un personaje irrepetible en la historia del socialismo democrático español. Si anuncia que se marcha de la política activa al acabar este periodo legislativo es porque quiere. No me cabe la menor duda de que si hubiera decidido continuar, continuaría. Es seguro que si se quedara en su escaño hasta el final de la legislatura, sus compañeros sevillanos, la dirección socialista andaluza y la Comisión Ejecutiva Federal del PSOE le presionarían para que, de nuevo, encabezara la lista socialista por Sevilla.

Alfonso Guerra hace tiempo que se ganó el respeto de todos los afiliados y simpatizantes socialistas y me atrevería a decir que el reconocimiento y, tal vez, la admiración de otros muchos ciudadanos con ideas diferentes a las que él profesó y profesa. Pasado el tiempo doloroso en el que el partido socialista se dividió entre lo que se denominó renovadores y lo que la prensa calificó como guerristas, Alfonso Guerra ha sido reconocido por su inquebrantable lealtad a su partido y a sus ideas.

¿Por qué lo hace ahora? Será la pregunta que mucha gente se haga. Otros se han preguntado, y se preguntan, por las razones que animaron a Alfonso Guerra a permanecer en su escaño en los tiempos que corren en la política española

Desde el año 1977, ocupa un escaño en el Congreso de los Diputados. La lista sevillana que él encabezó en todas las elecciones siempre resultó ganadora, incluso en los tiempos en los que el PSOE pasó por momentos de descontento ciudadano. Ha sido diputado, vicepresidente del Gobierno de España, presidente de la Comisión Constitucional y, actualmente, presidente de la Comisión de Presupuestos. A alguien le faltó la generosidad suficiente para que Guerra hubiera acabado su andadura parlamentaria ocupando la presidencia del Congreso de los Diputados en la etapa de los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero. Hubiera sido una forma aún mejor de despedirse de una dilatada vida parlamentaria.

¿Por qué lo hace ahora? Será la pregunta que mucha gente se haga. Otros se han preguntado, y se preguntan, por las razones que animaron a Alfonso Guerra a permanecer en su escaño en los tiempos que corren en la política española. Quienes conocen el funcionamiento de un partido político saben que resulta tremendamente difícil decir no a los militantes que, desde el anonimato y el desinterés personal, exigen que se queden los mejores, cuando los mejores acreditan con votos que lo son. No resulta, por tanto, difícil entender la presencia de Guerra en las listas sevillanas y es precisamente esa presión la que explica, en primera instancia, la marcha de Alfonso un año antes de que no pudiera eludir repetir candidatura. Una vez que se va, ya no habrá quien pueda devolverlo a donde estaba.

Si hubiera decisiones que tomar como consecuencia del extraño panorama electoral que se dibuja en el firmamento parlamentario, algunos de los que más contribuyeron a realizar una Constitución incluyente preferirán estar fuera del Parlamento

Pero debe haber alguna razón más para el adiós. Alfonso Guerra fue durante un tiempo secretario de Organización del PSOE y posteriormente vicesecretario general del mismo partido. Quienes militaron en el partido socialista en esos tiempos saben muy bien que concebía al Grupo Parlamentario Socialista como un bloque de granito, donde no había lugar ni para fisuras ni para fugas de votos indisciplinados. Así concebía él el posicionamiento de quienes habían sido designados por el partido y elegidos por los ciudadanos para representar al PSOE, y así el Gobierno socialista fue capaz de sacar adelante proyectos legislativos que, desde otra concepción, tal vez hubieran acabado naufragando en un mar de contradicciones internas.

Quien tiene detrás de sí esa idea de la disciplina parlamentaria no podría jamás hacer algo que fuera en contra de lo que predicó durante tanto tiempo. Guerra no podría justificar ante su partido y ante la sociedad una ruptura de la disciplina de voto, en el supuesto de que se viera tentado a hacerlo, como consecuencia de decisiones partidarias que claramente fueran contra lo que él siente, piensa y predica. No ha ocurrido y, seguramente, no ocurriría nunca pero, los tiempos cambian, las personas, también y las circunstancias más aún. Si hubiera decisiones que tomar como consecuencia del extraño panorama electoral que se dibuja en el firmamento parlamentario, o como consecuencia de la deriva territorial que está tomando España, probablemente, algunos de los que más contribuyeron a realizar una Constitución incluyente preferirán estar fuera del Parlamento.

Sea como sea, Alfonso Guerra es y será un referente para cuando se quiera pensar en España desde la solidaridad y la igualdad.

Leer más:  El adiós de Guerra – Blogs de En Nombre de la Rosa

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