¿Golpe? No, desbordamiento constitucional

“Cuidado con humillar a Cataluña”, fue la advertencia o la amenaza que expresaron un par de comentaristas políticos la noche del pasado domingo, ocho de octubre, en La Sexta, analizando la manifestación que los catalanes no independentistas celebraron en Barcelona para reclamar el fin del desafío separatista. Se entendió perfectamente lo que querían decir con esa amenaza y qué entienden ellos por Cataluña.

No creo que se sientan humillados los catalanes no independentistas si, quienes han desafiado la unidad territorial de España y su ordenamiento constitucional, son derrotados por el Estado de Derecho. Si esos catalanes no experimentarán humillación sino alivio, entiendo que ambos comentaristas políticos están confundiendo la parte con el todo, a los independentistas con el conjunto de la ciudadanía catalana cuando hablan de humillación a Cataluña.

Pero no recuerdo que el domingo anterior a ese del día ocho, es decir el famoso uno de octubre y los días siguientes, esos comentaristas hicieran la misma advertencia (“Cuidado con humillar a los españoles”) cuando la humillación se produjo. ¿O no se sintieron humillados cuando los policías nacionales tuvieron que salir de sus hoteles porque les echaron los chantajes y las amenazas? ¿O no pensaron que quienes no somos independentistas sentimos la humillación cuando vimos por televisión las imágenes de guardias civiles saliendo de una localidad en la que estaban trabajando acosados por todo un pueblo por defender la Constitución y por cumplir los autos de los jueces?

Cuando parecía que todo el monte era orégano y que los independentistas eran los reyes del mambo, a nadie parecía inquietarle los sentimientos que pudieran anidar en quienes defendemos la España actual, democrática, constitucional, libre, descentralizada y reconocedora de los hechos diferenciales, es decir, la España que se perdió a manos del franquismo y que recuperamos, después de que muchos españoles, de Cataluña y de Madrid, de Asturias y de Extremadura, de Andalucía y del País Vasco… dieran su vida o su libertad para conseguirlo.

Y, ahora, cuando los gallitos que dijeron “adéu Espanya” se encuentran con que no todo el corral es de su propiedad, sino que pertenece, también, a una mayoría que aparentaba pasividad, escepticismo y desmoralización, pero que el domingo pasado salieron del aparente letargo, es cuando los que adivinan el final de la aventura secesionista amenazan con el “cuidado con humillar a Cataluña”.

Cuando dicen “cuidado con humillar a Cataluña”, están diciendo “cuidado con aplicar las leyes y los códigos a quienes han alardeado del incumplimiento de la Constitución y del Estatuto de Autonomía de Cataluña”. Aquí de lo que se trata en estos momentos es de ver cómo se consigue transformar la derrota del independentismo en victoria. “Hablemos: más competencias, más inversiones públicas, más dinero y pelillos a la mar”.

Josep Borrell se preguntaba por las razones que habían conducido a propietarios y a ejecutivos de grandes empresas a no manifestar su intención de trasladar sus sedes sociales a otros territorios si la independencia, finalmente, adquiría visos de realidad. Borrell sabe que los empresarios que ahora se marchan nunca creyeron que se podría llegar tan lejos como estaba llegando el trío Forcadell, Puigdemont y Junqueras. Pensaron que este desafío acabaría como siempre con un aumento de competencias, de inversiones públicas y de dinero. No creían en la independencia pero si esperaban obtener beneficios del desafío. Cuando han visto que en esta ocasión el río se desbordaba, salieron huyendo de la riada. Por eso no hablaron alto y claro cuando debieron hacerlo y por eso no me siento capaz de elogiar su posicionamiento ventajoso, porque ellos, los más poderosos, pueden irse y que salga el sol por Antequera. Pero los millones de trabajadores, nacidos o no en Cataluña, que allí viven y trabajan, no pueden hacer lo mismo. Ellos allí quieren estar, allí tienen sus familias, sus amigos, sus sudores enterrados en suelo catalán y allí quieren seguir siendo lo que son, ciudadanos españoles que viven en Cataluña. En ellos no pensaron los que ahora se van. Sólo pensaron en sus accionistas y en sus beneficios.

“Aquí no ha pasado nada”. Sólo pasó que “Cataluña no estaba preparada para una independencia real”. ¡Y sí ha pasado! Y el Gobierno y quienes le apoyen tienen que inocular una vacuna que inmunice del veneno independentista para otros 39 años a quienes creen que sale gratis ir proclamando independencias sin cuento.

“No estamos ante un golpe de Estado, sino ante una crisis de desbordamiento constitucional”, dijo el tertuliano. Y, claro, ¿quién va a meter en la cárcel a unos pobres desbordantes constitucionales?

Leer “¿Golpe? No, desbordamiento constitucional” en El Diario de Sevilla

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