La Europa de los miedos

Cadáver de un inmigrante en una playa de Fuerteventura. (Reuters)

El pasado 24 de junio, el presidente y los expresidentes del gobierno de España coincidieron en un acto de celebración del trigésimo aniversario de la firma del Tratado de Adhesión a la entonces llamada Comunidad Europea. Celebración que contó con la presencia de quien, por aquel tiempo, ocupaba la jefatura del Estado, Don Juan Carlos I, y con el actual Rey, Don Felipe VI. Esa fecha se ha convertido en uno de los símbolos del imaginario español que, junto con la bandera, el himno, la divisa y la moneda única, identifican a la Unión Europea.

Cuando Europa fue dividida en dos tras la Segunda Guerra Mundial, la parte occidental quedó fijada en la retina de millones de personas como la esencia de la libertad, de los derechos humanos y del bienestar. Casi todos los que quedaron fuera de ese recinto miraban con embeleso a los ciudadanos de esos países que, con razón, pregonaban su pertenencia al mundo del progreso y de la modernidad, y se declaraban herederos de los principios de la Revolución Francesa.

Los españoles nos encontrábamos entre los pueblos que anhelábamos que los Pirineos dejaran de ser la barrera que separaba la democracia de la dictadura. Tras el 20 de noviembre de 1975 renacieron las esperanzas de que algún día nuestro país pudiera recalar allí donde se respiraba justicia, derechos y libertad.

Más tarde descubrimos que, además de repartir credenciales de demócratas, Europa, cual cajero automático, nos regaba con millones y millones

Y llegó ese día. El 1 de enero de 1986, España ingresó en el añorado club europeo, en el llamado Mercado Común. Entramos allí acríticamente. Sabíamos que en ese club residía la democracia, el progreso, la libertad. Ahí queríamos y pudimos estar. Tratábamos de ser europeos como ellos, sin fijarnos en las peculiaridades de cada país ni en las características del conjunto. Sólo sabíamos que si nos aceptaban era porque éramos como ellos, con lengua diferente, con raíces diferentes, con costumbres propias, pero como ellos.

Más tarde descubrimos que ese selecto club no solo repartía credenciales de demócratas a quienes formaban parte de él, sino que, además, si se aprendían determinadas claves, Europa, cual cajero automático, arrojaba por su rendija millones y millones de la peseta de entonces para que, al ser como ellos, viviéramos como ellos, consumiéramos como ellos y gastáramos como ellos.

Furgón policial junto a la nueva sede del BCE en Fráncfort. (Reuters)Todo iba bien hasta que el cajero paró y las credenciales comenzaron a amarillear. Quienes daban dinero dejaron de hacerlo, y si lo daban era con condiciones propias de la usura. Quienes acreditaban a los países como integrantes de un club que se regía por la Declaración de los Derechos del Hombre, bajaron la persiana inundando el local de sombras, miedos y oscuridad.

La Europa de las libertades se travestía en la Europa de los miedos. Miedo islamófobo, miedo antisemita, miedo xenófobo, miedo a los homosexuales, miedo a la libertad de circulación de las personas dentro de la UE. El yihadismo, con su últimas “hazañas” y sus múltiples versiones, ha sido la excusa perfecta que la miedosa Europa necesitaba para alinearse de parte de quienes ponen la seguridad por encima de la libertad, de quienes para combatir a los extremistas radicales se apresuran a hacer la política que harían esos extremistas racistas y xenófobos si llegaran al gobierno.

El yihadismo ha sido la excusa perfecta que la miedosa Europa necesitaba para alinearse de parte de quienes ponen la seguridad por encima de la libertad

El eterno binomio libertad-seguridad vuelve a aparecer en la Europa del miedo. ¿Qué pensará de ese dilema la pobre gente que decide embarcarse en una barcaza desahuciada, en una costa subsahariana, para cruzar el Mediterráneo huyendo de países en los que no hay ni libertad ni seguridad? ¡Qué paradoja sería huir del África subsahariana para buscar libertad y seguridad y ser rechazados en la humanitaria Europa por su condición de diferentes en nacimiento, en lengua, en raza, en religión, en creencias! ¡Qué horror llegar a pensar que si novecientos subsaharianos se ahogan en el canal de Sicilia, nuestra seguridad será menos vulnerable aunque se resienta nuestra idea de la libertad! ¿Qué miedo es el que puede hacer creer a sesudos ministros que si se bombardean las endebles embarcaciones que transportan a desahuciados de la vida antes de que se hagan a la mar, nuestro club será más seguro aunque aparezca como más miedoso?

El último de los miedos de la Europa de las libertades quedó reflejado en la sentencia del Tribunal de Justicia de la Unión Europea del pasado 29 de abril, al emitir una sentencia que permite a los países miembros del club de los Derechos Humanos, excluir a los homosexuales de la donación de sangre. Otro miedo y más vergüenza. Miedos a quienes practican su propia y particular relación sexual. Vergüenza porque tratan de camuflar con la frase “hombres que hayan tenido relaciones sexuales con otros hombres” lo que no se atreven a escribir por su nombre.

¡Qué horror pensar que si 900 subsaharianos se ahogan en Sicilia, nuestra seguridad es menos vulnerable aunque se resienta nuestra libertad!

Europa teme al yihadismo y, tal vez, por eso, trata de copiar sus fobias sus odios y sus exclusiones. Con miedo, es probable que perdamos parte de la libertad. Probablemente Robert Schuman y Jean Monnet cuando en 1950 propusieron crear lo que ha llegado a ser la Unión Europea, tenían otra idea de la Europa libre, democrática y en paz.

Ahora ha tocado el turno al Grexit. Mientras cada semana nos despertamos con el ultimátum final (¡en febrero fue el primero!) para ver si Grecia se va o se queda, miles de africanos están deseando entrar allí donde el miedo trata de impedírselo.

Leer más: La Europa de los miedos. Blogs de En Nombre de la Rosa

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