Oiremos las mismas canciones

Se acabó la undécima legislatura y a partir del 26 de junio se abrirá la décimo segunda de la democracia. Ello significa que en el próximo mes volveremos a votar por las diferentes opciones que deseen obtener representación en el Congreso y en el Senado. Previamente, como viene ocurriendo desde que se disfruta de democracia, los partidos y coaliciones se tirarán a la calle para hacer llegar al electorado todo aquello que crean oportuno para sus intereses. La campaña -y antes la precampaña- acompañaran nuestras vidas hasta el día de la votación. Lo que a nosotros nos parece anormal, es algo habitual en las democracias que se rigen por un sistema electoral que contempla la segunda vuelta para declarar vencedor a aquel partido o candidato que no obtuvo la mayoría absoluta en la primera tanda de votaciones. Si los votantes de esos países no se cansan, no veo la razón del supuesto hartazgo que anima a los españoles por el hecho de tener la posibilidad de votar dos veces en cuatro meses. Y digo bien cuando escribo la posibilidad de votar porque, a diferencia de lo que ocurre en otras democracias, en la española el voto es voluntario

A quien le fatigue ese “tremendo esfuerzo” que significa perder unos minutos en el colegio electoral -cercano a la casa de cada cual- que ahorre energías y guarde su sudor para otra ocasión. Y a quienes les molesten los mítines y los debates, que no se preocupen: no hace falta que vayan. No deja de resultar extraño el hecho de que los medios de comunicación entren en liza para ver quien se lleva el gato al agua a la hora de organizar los debates más sobresalientes y que, simultáneamente, se oigan voces desde esos medios lamentando que, de nuevo, los políticos reclamen nuestro voto. Como resulta llamativo que la prensa critique a los partidos por no haber sido capaces de formar gobierno evitando la nueva apelación a las urnas y, al mismo tiempo, los gerentes de las empresas mediáticas afilen el lapicero para aumentar la facturación que, gracias al aumento de cuñas publicitarias y anuncios pagados, salvarán la cuenta de resultados de este año.

No se sabe qué pasará el 26 de junio. Casi siempre que hay unas elecciones se oyen las mismas canciones. La primera del CD es aquella que lleva por título Ese día no va a votar nadie que es la parte del estribillo que elección tras elección nos recuerda que, en esta ocasión, la gente sí que se va a abstener porque “están hartos y cansados del mismo sonsonete”. Pero, seguro, que en junio, como en todas las elecciones generales habidas hasta ahora, el porcentaje de ciudadanos que no vayan a las urnas no llegará ni por asomo a los niveles que se dan en países con tradición democrática superior a la nuestra. En este país de demoscopistas, casi nunca aciertan quienes auguran un final de vergüenza para la fortaleza de la democracia parlamentaria. El récord absoluto (79,97% de participación) se registró en octubre de 1982, las elecciones que auparon al Gobierno de España al PSOE de Felipe González. En junio de 1977 el porcentaje de participación fue del 78,83%. Únicamente en las elecciones de 1979 y 2011 no se consiguió superar el listón del 70% de votantes, pero quedando, en ambos casos, el porcentaje de votos en unos niveles equiparables a los de las democracias más adelantadas y veteranas. La segunda copla del disco es aquella que lleva por título Yo no voto porque son todos iguales, que es el pretexto que utilizan quienes siguen dejando que decidan los demás porque ellos se encuentran incapacitados para hacer algo tan sencillo como introducir una papeleta en la urna. Después de la experiencia de las últimas elecciones y de la incapacidad demostrada para la formación de un gobierno, me temo que los que niegan el voto por la igualdad de los contendientes, tendrán difícil seguir cantando esa canción. Si hubieran sido iguales, hubieran constituidos un gobierno a las primeras de cambio.
El disco se cierra con la balada que cuenta qué habría que hacer si hubiera políticos en condiciones. Pica a quienes hemos tenido la responsabilidad de gobernar el hecho de que existan tantos ciudadanos en posesión de la verdad revelada acerca del futuro de nuestro país y, por el contrario, haya tan pocos dispuestos a llevar adelante esas verdades que, sin duda, solo felicidad proporcionaría a los habitantes de este pedazo de tierra llamada España. Si tantos saben lo que hay que hacer, por qué no se arremangan y lo hacen. Yo he visto los toros de cerca y desde la barrera. Se ven más tranquilo desde la barrera. Pero solo se pueden ver. Para torearlos y matarlos hay que bajar al ruedo. Y ya se sabe que ellos son demasiado inteligentes para juntarse con otros tan torpes que militan en partidos.

Leer “Oiremos las mismas canciones” en El Diario de Sevilla

 

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