¿Pactos subterráneos?

¿Pactos subterráneos? / rosell

¿Pactos subterráneos? / rosell

Decía el presidente del PSOE, Ramón Rubial: “Hay que ser patriota de este partido si contribuye a resolver los problemas de España. ¿De no ser así, de qué sirve ser patriota?”.

El PSOE, que siempre ha entendido el independentismo y el nacionalismo sectario y reaccionario como un pensamiento de derechas, jamás podrá compartir proyecto político con el independentismo. Nunca hemos podido entender a España como un Estado plurinacional. Y quienes lo propugnan nunca han tenido el valor de cuantificar el número de naciones de ese supuesto Estado. Los nacionalistas e independentistas apuntan a Cataluña, al País Vasco, a Galicia y a Canarias, pero el mismo derecho a considerarse nación lo tendrían Andalucía, Valencia y el resto de las comunidades autónomas que, como tales naciones, reclamarían el reconocimiento del derecho a la autodeterminación para convertirse en un Estado, lo que conduciría al absurdo del ¡Viva Cartagena!

La reciente moción de censura ha evidenciado, una vez más, que la Constitución de 1978 abrió un campo de juego tan amplio que permite que casi todas las estrategias y prácticas pueden ser desarrolladas. Frente a aquellos que desean un cambio de Constitución, sostengo que lo que se debe cambiar son los políticos que se muestren incapaces de sacar todo el partido que el texto constitucional posibilita. Y es lo que ha hecho el PSOE ante la sorpresa de propios y extraños: cambiar a un equipo gobernante que había llegado al límite de sus posibilidades.

¿Por qué no negociaron los socialistas antes de suscribirla? La experiencia indica que las mociones de censura no se anuncian sino que se registran. En el pasmo reside parte del éxito de la operación. La sorpresa es la aliada ante el riesgo que conlleva la iniciativa.

En esta ocasión, la altanería del Gobierno de Rajoy impidió que transcurriera un tiempo suficiente para que, tras el anuncio de la moción, el candidato alternativo hubiera podido difundir sus motivaciones y sus proyectos al resto de los grupos con los que pudiera coincidir en buena parte de la moción y en algún grado de sintonía en el programa. La falta de tiempo no puede ser el argumento para acusar a Pedro Sánchez de pactos subterráneos con los enemigos de la Constitución, de la paz y de la unidad territorial.

Es cierto que el candidato socialista es hoy presidente gracias a los 180 diputados que votaron afirmativamente la moción. Y es cierto, también, que somos muchos los socialistas que no tenemos ninguna duda a la hora de confiar en los diputados que sostendrán desde el Grupo Parlamentario Socialista a Pedro Sánchez. Por el contrario, quienes desde una perspectiva y militancia socialdemócrata no tenemos complejos ni practicamos el infantilismo radical, y quienes no nos postulamos a ningún cargo, ni somos imprescindibles, no nos fiamos de los otros costaleros que tendrán la tendencia a abandonar al santo en mitad del recorrido o pretenderán introducirlo por callejones tan estrechos que podrían provocar la desvertebración de las andas y la decapitación del santo. Sánchez ha actuado con la misma audacia con la que actuó Adolfo Suárez. El coraje y la valentía del presidente Suárez fueron virtudes imprescindibles para la España del momento de la Transición. Pero esas virtudes no evitaron la caída del primer presidente de la democracia a manos de quienes lo dejaron caer cuando no lo necesitaron.

El PSOE defiende que las oportunidades de las personas no pueden estar condicionadas por el nivel económico de la familia o del territorio en los que nacen. El PSOE tiene la obligación de hacer frente a los que han decidido romper la mejor experiencia de convivencia en libertad y en el reconocimiento de la diversidad que ha habido en España. Permitir que las zonas más ricas de España tengan el derecho a abandonar a su destino a las zonas menos desfavorecidas por una historia de marginación y discriminación, como pretenden los independentistas y quienes les hacen el coro, imposibilita cualquier tipo de acuerdo con quienes llevamos más de un siglo defendiendo lo contrario.

Quienes desean empezar todo desde el principio deben saber que muchos de nosotros también fuimos jóvenes socialistas porque sabíamos -y seguimos sabiendo ahora que ya no somos jóvenes- que todas las revoluciones que se han hecho a la izquierda del PSOE y del socialismo democrático han fracasado. La única política social progresista -ahora amenazada por el ultraliberalismo y por el ultranacionalismo racista y xenófobo- que se ha hecho en el mundo es la que hicieron los socialdemócratas nórdicos, Willy Brandt, en Alemania; Bruno Kreisky, en Austria, y Olof Palme, en Suecia. Mitterrand, en Francia, y Felipe González, en España, dieron continuidad a esa política en el centro y sur europeo.

La Moción de censura, además de para cambiar de Gobierno, ha servido para que recordemos que la Constitución española define un modelo de Estado en el que el Parlamento es la columna vertebral de nuestro sistema político. Son nuestros diputados quienes eligen presidente en virtud de la conformación de mayorías. Mientras sigamos pensando que las mayorías absolutas son perniciosas, no tendremos más cáscaras que aceptar el pacto y la negociación. Lo deseable es que se hagan a la vista del respetable.

Leer “¿Pactos subterránes?” en El Diario de Sevilla

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