Riesgos y desafíos al Estado

Riesgos y desafíos al Estado / Rosell

Desde siempre he sido enemigo del sistema de primarias para elegir a los dirigentes de los partidos políticos. A medida que el sistema se consolida y se adentra en la vida partidaria, me reafirmo en mi aversión a un método, copiado de los sistemas presidencialistas y ajeno al modelo parlamentario de nuestro país. Aparentando ser un procedimiento altamente democrático, acaba convirtiéndose en una selección entre las élites de los partidos. Sólo quienes poseen un estatus orgánico o institucional pueden permitirse el lujo de competir. Véase la experiencia acumulada y concluiremos que sólo ellos han podido disfrutar de todo su tiempo para recorrer las distintas provincias españolas, asistir a mesas redondas, programas radiofónicos y de televisión y asistir a las múltiples invitaciones y peticiones de prensa y de organizaciones de todo tipo, dispuestas a escuchar y preguntar a los candidatos. Soraya Sáenz de Santamaría y Pablo Casado han podido gozar de ese tiempo porque ocupaban cargos orgánicos e institucionales que les permitían estar en misa y repicando. Frente al hecho de que todos pueden votar se constata que quienes trabajan fuera de las instituciones o no pueden ser candidatos o no tienen nada que hacer frente al establishment.

El militante, considerado individualmente, no tiene por qué dominar todas las claves que le puedan ayudar a inclinar la balanza a favor de una u otra candidatura. Más bien, su tendencia es a ausentarse de ese proceso. El ejemplo último del PP demuestra con claridad o que el censo de afiliados de los partidos políticos es falso o que el militante pasa de decidir sobre algo que se presta a ir contra alguien más que a favor de aquel del que no se conoce pensamiento alguno que le haga merecedor de su confianza.

El afiliado de cualquier partido en situación de elegir prefiere al que representa la parte más extrema de su opción que al que aspira a la centralidad del proyecto. Ese voto a los extremos provoca posiciones radicales difícilmente conjugables entre sí.

Las tres circunstancias fomentan el hiperliderazgo, el caudillismo y la división entre las partes enfrentadas. El resultado final se traduce en partidos con poca representación parlamentaria, alejados de las mayorías suficientes para gobernar sin hipotecas e incapaces de hacer frente a los desafíos y a los riesgos a los que está sometido el Estado en estos momentos.

Un sistema de partidos deteriorado no es el mejor escenario para hacer frente al pulso que el independentismo catalán, y quienes afilan sus cuchillos, está echándole a la unidad territorial de España.

Únase a ello la nueva campaña destinada a socavar la columna vertebral de nuestro sistema político y entenderemos que algo habrá que hacer para ganar ese desafío y para fortalecer al Estado. Poner en riesgo la estabilidad del Estado puede hacerse de diferentes maneras, pero, visto lo visto, la forma más directa es tratando de debilitar a la Monarquía parlamentaria. Si se rompe la columna, se hunde el edificio. Y en esas estamos en estos momentos. Y si no, que alguien dé una explicación solvente de las razones que animaron al sr. Villalonga, amigo y compañero de pupitre del sr. Aznar, a mantener una conversación grabada con la sra. Corinna y el villano Villarejo. Se puede intuir el despecho o la búsqueda de plata de la falsa princesa. Se puede imaginar que Villarejo busca el chantaje al Estado. ¿Y Villalonga, el amigo de Aznar y compañero de pupitre, qué buscaba? Tiene algo que ver su presencia con el reciente intento del ex presidente de haber querido liderar una nueva derecha en España frente al PP de Rajoy? Ya el 16 de febrero de 1998, el periodista Luis María Anson afirmó en una entrevista en el semanario Tiempo que “Felipe González era un hombre con una potencia política de tal calibre que fue necesario llegar al límite y poner en riesgo el Estado con tal de terminar con él”. ¿Quiénes eran los que estuvieron a punto de poner en riesgo la estabilidad del Estado? ¿Sería necesario cargarse la Monarquía para dar paso a una República donde algunos tendrían más fácil llevar a buen puerto sus desdichados sueños y ambiciones?

Todos tenemos la obligación de reflexionar acerca de los peligros que se ciernen sobre la estabilidad de nuestro país. Quienes aspiramos a dejar a nuestros hijos y nietos, en herencia, un gran país debemos saber por dónde vienen los peligros y cómo atajarlos. El único instrumento que tenemos a nuestro alcance es el voto. Con él podremos fortalecer a los partidos que nos den confianza y nos garanticen la estabilidad política que necesitamos para que ese gran país siga siendo la España constitucional, democrática, libre y progresista que construimos en 1978.

Leer “Riesgos y desafíos al Estado” en El Diario de Sevilla

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