¡Y se creerán que no van a votar!

¡Y se creerán que no van a votar! / Rosell

¡Y se creerán que no van a votar! / Rosell

Sigo peleando contra la maldición que me persigue. Parece ser que por el hecho de haber dedicado buena parte de mi vida a la actividad política tengo la obligación de escuchar diariamente a los pelmas que se consideran con el derecho de “amenazarme” con la consabida frase de “…pues yo no voy a votar”. Siento decepcionarles cuando les respondo con un encogimiento de hombros como dándoles a entender que a mí lo mismo me da. Ellos creen que no he entendido la amenaza y vuelven a la carga.

Si después de 41 años de democracia algunos no han llegado a comprender que la democracia no es un sistema político que sólo compete a los que se dedican activamente a la política, sino que es patrimonio de todos, independientemente de lo que les haya costado conseguirla, pienso que una breve explicación callejera o en la barra de un bar no va a disuadirles de su satisfactoria decisión.

Sí, satisfactoria, porque la cuentan como si de un éxito personal se tratara. Como decía un recluta en el Obejo nuevo, cuando yo hice la mili: “Hoy no como; que se fastidie el cabo”. No hacía falta que dijera esa tontería para que toda la compañía supiera que el tonto del campamento era él. Gracias a su estulticia, más de una vez pudimos disfrutar de un bocado de más de la llamada ensaladilla española, porque en los tiempos del franquismo la ensaladilla rusa no existía en el rancho diario del servicio militar. El cabo, ni se inmutaba.

Pues eso mismo ocurre con la democracia y las votaciones. Todavía sigue habiendo infelices que se creen que no votan cuando llega el día de las elecciones. Físicamente no depositan su papeleta, pero los que sí lo hacemos, votamos por ellos. Lo mismo ocurre cuando en un restaurante, un grupo de amigos reciben la carta para que examinen los platos que pueden elegir. Siempre hay unos cuantos que, por pereza, por ignorancia o por simpleza, deciden que a ellos les da igual lo que se pida. “Y el vino, que lo elija fulano que es el que sabe”. Al final terminan comiendo y bebiendo lo que quiso el que eligió. Los demás creyeron que no decidieron, pero decidió uno por todos.

Ya se sabe que hay veces que resulta complicado elegir entre diferentes menús; y más complicado si se está siguiendo una dieta de adelgazamiento. En democracia ocurre algo parecido. Hay veces en las que es difícil saber a quién votar o a quién no votar. En esta ocasión, en la que, de nuevo, hemos sido convocados a elegir partido, no es que estemos en proceso de adelgazamiento, sino en todo lo contrario. Mientras el Gobierno se dilucidaba entre dos fuerzas políticas, la cosa parecía bastante sencilla: o gobernaba el PSOE o lo hacía el PP. Ahora, los ciudadanos hemos decidido que la lista de partidos debe engordar. Ya no hay que elegir entre dos, sino que, a nivel estatal, son seis los partidos que se ofrecen para gobernar. Hace seis meses probamos con cinco y resultó un fracaso. El que más tuvo llegó a 123 diputados y con eso es difícil gobernar. Existía, además, el inconveniente de que el partido que más diputados tenía, PSOE, sería criticado si hubiera intentado articular una mayoría con Unidas Podemos y con los independentistas catalanes. También se le criticaría si hubiera pensado en Ciudadanos (recuerden: “¡Con Rivera no!”), y no se le hubiera perdonado si hubiera tenido la idea de formar la gran coalición con el PP. Así que, criticados los socialistas si pactaban y criticados si no pactaban.

Y el 10 de noviembre se presenta aún más complicado. Ya son seis los protagonistas del duelo después de la incorporación del que hasta hace poco tiempo era tenido por un peligroso maoísta y populista, cabeza pensante de Podemos, peligroso asesor del difunto Chávez y del dictador Maduro y, hoy, llevado en palmitas por opinadores y tertulianos como si fuera la marca blanca del PSOE. Otro más al que se ha decidido situar a la izquierda del PSOE o, como dijo un tertuliano, a la derecha de Unidas Podemos. Si Errejón está a la derecha de Podemos, ¿en qué espacio está el PSOE?

El pasado 27 de septiembre pudimos ver las imágenes de esas valientes mujeres afganas que, desafiando las amenazas de muerte y los atentados en los colegios electorales, corrían y guardaban cola para votar en las elecciones de Afganistán. Se jugaban la vida por querer decidir el futuro de su país. Imagino que no sólo lo hacían por un deber cívico; lo más seguro es que aman la libertad y a sus hijos, a los que querrán dejarles un país con representantes elegidos por ellas y no impuestos por otros. Me acordé de los pesados que andan todo el día presumiendo y diciendo que ellos no van a votar. ¡Qué inocentes!

Leer “¡Y se creerán que no van a votar!” en El Diario de Sevilla

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