Y vosotros, ¿qué hicisteis?

 Y vosotros, ¿qué hicisteis? / rosell

Y vosotros, ¿qué hicisteis? / rosell

Nací, como tantos españoles, en un país en el que regía una dictadura militar. Crecí en un país sin derechos y sin la condición de ciudadano libre. Nací en una dictadura, pero pienso, quiero y seguro que moriré en una democracia.

¿Por qué ese deseo, ese pensamiento, esa voluntad? ¿Por qué esa proclama que podría parecer extemporánea, trasnochada y fuera de lugar? De nuevo, y como ya ocurrió en 1934, el nacionalismo catalán vuelve a traicionar a la democracia española. Seis años después de que Artur Mas iniciara el desafío al Estado, ya no se trata de saber si habrá o no referéndum; si Puigdemont será o no entregado para ser juzgado por rebelión; si los independentistas tienen o no derecho a poner lazos amarillos donde les plazca; si Torra chantajea o no al Gobierno; si los independentistas se dividen o se unen. Sobre esos asuntos hay opiniones para todos los gustos. Aquí y ahora, de lo que se trata es de saber si un grupo de ciudadanos dirigidos por gente que ha decidido romper España, pueden liquidar lo que ellos llaman “el régimen del 78”. Y aquí ya no hay mucho donde elegir: o ganan ellos, los que quieren acabar con la Constitución o ganamos los que queremos defenderla. Ya no es momento de explicarnos por qué hemos llegado hasta aquí. Ya hay cientos de versiones. Los que no saben qué hacer ni por dónde tirar se escabullen con lo de la “búsqueda de una salida política”. Para mí sólo hay una salida: o derrotamos política y judicialmente al independentismo político y restablecemos la legalidad o dejamos que ganen quienes la vulneran. En este último caso habremos terminado con el Estado de Derecho en Cataluña y en toda España.

¿Alguien puede creer que si consigue un número significativo de adeptos a su causa, podrán violar esa Constitución y proclamar la independencia de un territorio concreto sin que esa actitud antidemocrática, secesionista y supremacista produzca algún tipo de violencia? Los partidos defensores de la Constitución del 78 y los demás ciudadanos que queremos vivir en esta España libre, democrática, diversa, descentralizada, plural y reconocedora de los hechos diferenciales tenemos la obligación de sacarles de su error, y cuanto antes, mejor.

El problema que plantean los independentistas catalanes no consiste en saber si a España le iría mejor o peor si perdiera una parte de su territorio. El tiempo nos ha concedido la experiencia suficiente como para saber que, si bien en los últimos cuatrocientos años nuestra historia fue descendiente y dispersiva y perdimos una parte sustancial de nuestro territorio, eso no impidió que los cuarenta años últimos, los que van de 1978 a 2018, hayan sido los mejores años de nuestra historia; estoy por asegurar que cualquiera de nuestros antepasados hubiera preferido nacer ahora que no en los siglos precedentes. Llegado el caso, podríamos vivir con menos territorios, incluso con menos riqueza. No es, por lo tanto, sólo el temor a perder territorio el que nos mueve a oponernos al deseo de los independentistas; es la defensa de nuestra Constitución lo que nos impide acceder al deseo de quienes pretenden destruirla sin la autorización de quienes son los legítimos propietarios de la soberanía nacional, es decir, todos los ciudadanos españoles. No tengo todas las certezas para saber cómo acabará esta locura secesionista encabezada por quienes más tienen que agradecer a un Estado que, como el español, les ofreció toda clase de protección, de prebendas y de trato de favor. De lo que sí estoy completamente seguro es que mis descendientes van a heredar un país libre, con una Constitución democrática que garantizará sus derechos como ahora garantiza los míos. Si alguien piensa que si consigue un número significativo de adeptos a su causa, habría llegado el momento de romper amarras, es que desconoce la realidad de España o piensa que esta generación está formada por ciudadanos indolentes y despreocupados por el futuro de su país. Mi generación, la de la Transición, puede pregonar alto y fuerte que fuimos capaces de trocar una dictadura en una democracia; que nacimos sin libertad y nos moriremos en un país libre.

La generación de finales del siglo XX y del primer cuarto del siglo XXI no debe ni puede permanecer con los brazos cruzados mientras un grupo de independentistas tratan de destruir el mejor proyecto político que hemos creado los españoles para que la convivencia deje de ser el producto del desencuentro de las dos Españas. Qué respuesta darían a sus hijos si ganaran los secesionistas, cuando les preguntaran: “Y vosotros: ¿qué hicisteis para salvaguardar el Estado de Derecho? ¿Qué hicisteis para salvar la Constitución? ¿Qué hicisteis para salvaguardar la integridad territorial de un Estado que garantizó la libertad de millones de españoles?”.

Leer “Y vosotros, ¿qué hicisteis?” en El Diario de Sevilla

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