Amandja (elconfidencial.com)

Fue una noche lluviosa. El viento soplaba rabioso arqueando todo arbusto que encontraba a su paso. En la isla San Marcos, el temporal era cosa habitual. El ministro Mellish llegó a su casa con el cuello de la gabardina levantado y el de la camisa enrojecido; su secretaria no había sido precavida y dejó en ella la marca de su pasión. Ya habían discutido sobre su barra de labios en otras ocasiones, pero después del viaje a Londres, Amandja, que así se llamaba su eficiente e íntima colaboradora, había decidido no cuidar esos detalles. En la capital británica, Amandja había interrumpido su gestación porque el ministro no quería que nada ni nadie echaran a perder su imagen de buen padre, buen marido y mejor católico. Si el ministro no quería ser señalado por ese ‘pequeño detalle’, ella se iba a encargar de marcarlo, cual borrego vacunado, en cada encuentro clandestino.

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