¡Vaya panorama!

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A raíz de la sentencia sobre el caso de los ERE de Andalucía, por la que han resultado condenados en primera instancia los que fueron presidentes, consejeros y altos cargos de la Junta de Andalucía en la etapa de Manuel Chaves y José Antonio Griñán, se ha puesto de moda acusar y dar por muerto al que llaman «viejo PSOE». En el supuesto de que eso fuera cierto, no se especifica si el final del «viejo PSOE» produce pena o alegría en quienes lo pregonan.
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El fracaso electoral de Cs ha vuelto a dejar vacío el espacio de centroderecha que tantas veces se trató de llenar sin que nunca se haya conseguido de manera permanente. No parece probable que a corto plazo los restos de Cs sean capaces de ocupar significativamente ese hueco que tan necesario resulta para facilitar la gobernabilidad del país.
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España tiene una extensión territorial de 505.990 kilómetros cuadrados. Cataluña, 32.108. En el caso de que unilateralmente decidieran la separación del resto de España, los españoles nos encontraríamos ante un grave problema que tiene poco que ver con la dimensión de nuestro país. No es la extensión del territorio lo que hace grande, fuerte y consistente a una nación; se puede ser un macro territorio y, sin embargo, disponer de una economía deficiente y de un Estado con una democracia inexistente o debilitada; ejemplos hay que demuestran que a España no tenía que irle mejor o peor en función de dónde sitúa sus fronteras. Fronteras que, en el caso español, no han parado de moverse desde que con los reinados de Carlos I y Felipe II, en el Imperio español -según nos enseñaban en la escuela- nunca se ponía el sol. Ya a partir de Felipe III las sombras comenzaron a aparecer con la pérdida de los Países Bajos, el Milanesado, Nápoles, las colonias americanas, los territorios en Asia y Oceanía, las colonias norteafricanas… Cuando en 1978, la nueva Constitución alumbró la democracia española, los españoles estábamos curados de espantos si de pérdidas territoriales se trataba.
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Los humanos somos seres de costumbres. Tendemos a seguir una vida monótona durante años. La hora a la que nos levantamos, el trabajo que hacemos, la gente con la que nos relacionamos. Usualmente entre semana siempre hacemos las mismas cosas y a veces, sin darnos cuenta, lo hacemos en un respectivo orden y horario. Cada día tenemos que realizar ciertas actividades y cada uno de nosotros sabe que hay que hacer y cuánto tiempo nos llevará, de acuerdo a esto nos organizamos y volvemos a repetir la misma rutina todos los días. Así es como llegamos al momento en el que todo lo nuestro se convierte en habitual, monótono y conocido.
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