Si se pierde territorio, se pierde libertad

Destruir la Constitución que nos protege nos hace menos libres. Podríamos vivir sin Cataluña, pero no podemos ni queremos vivir sin libertad

Pere Aragonés, presidente de la Generalitat junto a Oriol Junqueras, líder de ERC

La nacionalidad, en este caso la española, es algo que se adquiere con el nacimiento y la inscripción en el Registro. Puesto que no se trata de un sacramento, debemos concluir que la nacionalidad española no imprime carácter, de donde se infiere que aquellos que no la quieran deberían pedir su renuncia a ella de manera individualizada, sin pretender arrastrar a todo un pueblo a esa renuncia. En caso contrario se entenderá que se quiere ser español. ¡Como se quiera!; ¡Con las diferencias que se quieran!, incluido el ser español no practicante. Y los españoles, por muy diferentes que seamos, somos todos iguales ante las leyes. O español o no español, ésta es la cuestión.

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¿Cómo estuvimos tan ciegos?

¿Cómo pudimos creer que los independentistas atacaban el artículo 2 de la Constitución, cuando solo estaban realizando una alteración del orden público?

Los doce líderes independentistas acusados por el proceso soberanista catalán. Europa Press

En mis tiempos de juventud, luchar por la libertad de expresión era sinónimo de progresismo. Un país o una organización se apellidan democráticos si los miembros que forman parte de los mismos gozan de la libertad de expresión. Y esa libertad solo existe si puede ser ejercida por el discrepante sin cortapisas, salvo las establecidas por ley. Por eso en países como en China, en Corea del Norte o en Cuba, la libertad es solo una palabra sin efectos en el conjunto de la población.

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El poder ciudadano

No perderemos nada si todos los millones de ciudadanos que tienen abierta una cuenta en Twitter deciden cerrarla

El dueño de Twitter, Elon Musk, entrando con un lavamanos a la sede de la red social

Hay muy pocas ocasiones en las que los ciudadanos podemos demostrar nuestro poder. En el año 2010, un famoso futbolista francés, Eric Cantona, que jugaba en el Manchester United, lo intentó, haciendo un llamamiento para que todos cerráramos nuestras cuentas corrientes en los bancos que abusaban de nuestros ahorros. El exfutbolista pretendió erigirse en cabecilla de un movimiento contra la especulación financiera. En una entrevista en la prensa apostaba por jugar fuerte: “Hay una posibilidad. Se puede hacer una cosa. No me molesta la gente que se manifiesta, necesitan que se los defienda. Pero hoy salir a la calle ¿qué es? Hoy manifestarse en la calle ¿qué es? […] La revolución se puede hacer de una manera muy simple hoy. El sistema gira en torno a los bancos. Así que hay que destruir el poder de los bancos. Hay tres millones de personas en la calle con una pancarta. Si esos tres millones van al banco y retiran su dinero, los bancos se hunden”.

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Jueces sin apellidos políticos

Debería llegar el día en el que a nadie le importe el pensamiento de los jueces y magistrados, como ocurre con los médicos y cirujanos

Imagen del último pleno del CGPJ con Rafael Mozo al frente tras la dimisión de Lesmes

Los partidos no podrían politizar la justicia si no contaran con cómplices dispuestos a hacer el trabajo sucio y a traicionar a sus compañeros de profesión. No conozco a ningún magistrado que levante su voz para rechazar el apelativo de demócrata, conservador, liberal, de izquierdas o de derechas que se le atribuye desde el mismo momento en que su nombre se baraja para algún puesto de relevancia en el Poder Judicial. Ni un solo magistrado de los que han sonado o suenan para ocupar responsabilidades en el órgano de Gobierno de los jueces o en los altos tribunales de Justicia ha protestado por esos apelativos.

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Llevábamos razón

No hemos nacido para redimir a la sociedad, al pueblo; nadie nos lo ha pedido. Los redentores se acaban cuando tienen que bajar del púlpito y enfrentarse a la realidad

Felipe González y Alfonso Guerra / Europa Press (Foto de ARCHIVO)

Milito en un partido, el PSOE, del que me siento profundamente orgulloso. Yo milito en un partido que consolidó la democracia en España. A partir del año 1982, los gobiernos socialistas fueron capaces de cimentar un sistema democrático que llevaba cinco o seis años en vigor pero que se tambaleaba como consecuencia del terrorismo etarra y de los intentos de golpe de Estado; el más conocido, el del teniente coronel Antonio Tejero. Yo estaba allí. Nadie me tiene que convencer de nada. Aquello era todo menos una farsa. Si los Geos hubieran decidido entrar a sangre y fuego, como se pensó en determinado momento, la sangría hubiera sido espectacular y el golpe hubiera triunfado. Para quien dude del peligro que corrió la democracia, debe saber que ese no fue el único intento para acabar con la libertad. Ya se amagó antes con la Operación Galaxia y, después con otras intentonas como la de la noche del 28 de octubre de 1982 y la del Día de las Fuerzas Armadas, en Zaragoza, cuando se pretendía volar la tribuna de autoridades con la familia Real al completo y parte del Gobierno con su presidente a la cabeza. Gracias a la acción del gobierno socialista el golpismo es un mal recuerdo y la democracia que heredaron quienes vinieron detrás de los gobiernos de Felipe González está consolidada.

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Tender puentes

Algunos pensarán que rompiendo puentes resulta más seguro mantener en tu orilla al electorado que te votó en ocasiones anteriores. Resulta difícil pasar al otro lado si los puentes se han volado

Visité Santiago de Compostela este verano. A los políticos gallegos se les entiende todo cuando hablan porque lo hacen en el idioma común, en castellano. Cuando lo hacen en gallego, también se les entiende. Muchos de ellos a lo más que llegan es a sustituir el artículo “la” por la preposición “a”.

Después de haber estado 24 años expuesto a la mirada y comentarios del respetable, los más veteranos siguen reconociéndome dentro y fuera de mi región. En Galicia son muchos los gallegos que se dirigen a mí por la calle con absoluta normalidad y, en muchas ocasiones, con gran confianza y naturalidad. Vean si no las situaciones que viví en Santiago de Compostela. Estaba con mi mujer esperando en un paso de cebra a que el semáforo se pusiera en verde para dar preferencia de paso a los peatones. Debió ser de esos que tardan un siglo, porque algunos de los que esperaban, como nosotros, se lo saltaron ante la ausencia de vehículos de motor. Visto lo visto, decidimos romper la regla, con tan mala fortuna que una señora que estaba en la acera de enfrente me dijo con sorna y gracia: ”Pero, bueno, Sr. Ibarra, ¿usted tampoco respeta la norma?” Desde entonces no he vuelto a saltarme un semáforo ni siquiera a las cuatro de la madrugada, cuando por no pasar por la calle, no pasan ni los gatos.

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