Con el mástil al hombro

Si el presidente de la Generalitat ordenó quitar la bandera española fue porque no está seguro de su patriotismo independentista

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Palau de la Generalitat. EFE

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, en el Palau de la Generalitat. EFE

Las personas que deciden iniciar una dieta alimentaria para perder algunos kilos evitan meter en la nevera o en la despensa cualquier producto que les incite a romper esa dieta. No quieren ni ver todo aquello a lo que han renunciado para conseguir una silueta más estilizada. No es que no les guste comer alimentos que engordan. Se mueren por ellos y, por eso, para eludir la tentación, evitan tenerlos en sus casas.

Algo parecido les ocurre a los talibanes y demás guardianes de la ortodoxia religiosa. Prohiben a las mujeres mostrar su rostro o mirar de frente a un hombre que no sea su marido. Algunos piensan que esas prohibiciones están reguladas porque no se fían de las mujeres. La realidad es la contraria. Esos talibanes no quieren que se vea la cara, el cuello o las piernas de las mujeres porque creen que los hombres afganos son reprimidos sexuales sin respeto a la dignidad de la mujer. El peligro no está en la cara o en el escote de una mujer; el peligro está en la mirada de los dirigentes que lo prohíben; piensan que un cuerpo femenino no tapado hasta los tobillos haría perder el respeto a cualquier hombre con el que se cruzara. Si los talibanes estuvieran seguros de su ética , no verían ningún problema en la libertad de las mujeres para vestir según su modo de ser y de entender.

«No puede haber otra explicación que justifique manifestaciones como las del domingo pasado en Madrid. No temen a los homosexuales; se temen a ellos mismos»

¿Y qué decir de esos machotes que, como ocurrió el domingo pasado, se juntan en un barrio madrileño para exigir la expulsión de los “maricones” de sus viviendas? ¿Por qué no quieren tener cerca a unas personas que practican una sexualidad diferente a la de los machotes? Pues como los de las dietas o los talibanes; tienen miedo al contagio. No están seguros de su sexualidad y creen que si se encuentran con homosexuales en un ascensor o en una esquina en una noche oscura, no podrán evitar querer llevar a buen puerto sus más recónditos sueños. No puede haber otra explicación que justifique manifestaciones como las del domingo pasado en Madrid. No temen a los homosexuales; se temen a ellos mismos, inseguros como están de la fortaleza de su sexualidad. Por eso no quieren ni verlos, porque les gustan y no quieren tenerlos cerca no vaya a pasarles como a los de la dieta alimenticia que, una noche, cuando nadie los ve, abren el armario y sucumben a la tentación.

«El Gobierno socialista de entonces ordenaba que las fuerzas de seguridad mantuvieran ondeando la enseña nacional allí donde había sido ultrajada»

Y similar comportamiento es el que acompañó al presidente de la  Generalitat, señor Aragonès, quien después de un par de horas de conversación con el presidente del Gobierno de España, señor Sánchez, ordenó a uno de los ujieres que se echara al hombro el mástil en el que lucía la bandera constitucional española. Esa bandera guardó la espalda del presidente español como es obligatorio según establece la Constitución y la ley que regula el uso de la bandera de España. También, y por la misma razón, en el lado opuesto se situaba la bandera oficial de Cataluña. Cuando el presidente Sánchez abandonó el estrado y, seguramente, el palacio de la Generalitat, el ujier, mástil al hombro, retiró la enseña española de la espalda del presidente catalán. ¿Por qué? Por la misma razón que los de la dieta, que los talibanes y que los machotes. Aragonès no tendría ningún inconveniente en hablar a la prensa delante de la bandera española. Si ordenó quitarla fue porque no está seguro de su patriotismo independentista. Si ve esa bandera constitucional, no puede evitar comparaciones: la española abarca más, ampara más, representa más y nos defiende más que la señera, y por eso no quiere que sus adeptos caigan en la tentación si ambas banderas lucen juntas, aunque no revueltas.

Lo que ya no tiene explicación es que se desprecie a los policías y guardias civiles que resultaron heridos a partir de 1983, cuando comenzó la guerra de banderas en el País Vasco. Frente a los radicales que se empeñaban en eliminar la bandera española de las Instituciones vascas, el Gobierno socialista de entonces ordenaba que las fuerzas de seguridad mantuvieran ondeando la enseña nacional allí donde había sido ultrajada. En esos años hubo detenidos, condenados y policías y guardias civiles heridos. Si 2021 hubiera sido 1983, Aragonés hubiera sido detenido.

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