Cuba, el final

Cuba, el final / Rosell

Cuba, el final / Rosell

El régimen cubano ha prohibido la manifestación organizada por el grupo Archipiélago. “Frente al autoritarismo responderemos con civismo y más civismo” ha sido la respuesta de los disidentes con la forma de gobierno en la isla antillana.

Tuve la oportunidad de viajar a Cuba en tres ocasiones. La primera vez fue en el verano de 1977. Acababa de ser elegido diputado por la provincia de Badajoz en representación del PSOE. Viajé a Cuba de turismo. Hacía algo más de quince años que la revolución cubana reinaba en la isla caribeña. En ese primer viaje pude observar a un pueblo que se consideraba feliz con la revolución castrista. No había clases. Daba la sensación de que todos los cubanos se medían por el mismo rasero. No se podía saber si había ricos por la diferencia con los pobres. No se podía saber si había pobres por la diferencia con los ricos. A lo más que se podía llegar era a intuir que la élite del Partido Comunista Cubano vivía en unas condiciones mejores que el común de los cubanos. Saqué la conclusión de que todos tenían más o menos lo mismo en cuanto a necesidades cubiertas por el régimen. Escenas como las que presenciamos cuando llegaba a algún pueblo el camión de la cerveza y los vecinos sacaban sus cubos para que se los llenaran gratuitamente -nativos y forasteros bebíamos hasta que se agotaba la existencia- nos hacían saber que allí la igualdad era algo real y asumido. La gente cubana creía en su revolución.

La segunda visita fue en 1998 invitado por el Gobierno cubano para que, como presidente de la Junta de Extremadura, inaugurara la exposición La gráfica política del 98 en Las Casas de América de la Habana. Tuve la oportunidad de mantener una entrevista con el comandante Fidel Castro, seguida de una cena que se prolongó hasta algo más de las siete del día siguiente. Cuando comenzamos a charlar, me di cuenta de que tratar de discutir con Castro sobre los valores que animan a las democracias occidentales era perder el tiempo. El comandante estaba convencido de que su “democracia” era mejor que la nuestra. Su prensa, su sistema electoral, sus representantes, su sistema económico no tenían comparación con nuestra prensa, nuestras elecciones o nuestro sistema económico que, según él, estaban sometidos al poder del capitalismo. Utilicé la táctica de aceptarle la duda en muchas de las cosas que decía. Cuando terminó de ensalzar su régimen le dije que, si bien todo de lo que habíamos hablado era discutible, había algo para mí indiscutible: “Hemos hablado con libertad de lo que hemos querido. Tú has defendido un sistema de partido único y yo he defendido una democracia pluralista. Si esto que tú y yo hemos hecho aquí dentro del Palacio de la Revolución lo hubieran hecho dos cubanos ahí fuera, hubierais detenido al que defendía la democracia por traidor a la patria”. Tras unos segundos de silencio se defendió diciendo que ellos sólo encarcelaban a los terroristas, como por cierto -añadió- hacéis vosotros con los etarras. Entendí que la comparación no se la creía ni siquiera él.

En la calle, ya no vimos esa igualdad que se apreciaba en 1977. Se había comenzado a privatizar cierta economía y la chispa de la desigualdad estaba haciendo estragos en la población. Se percibía una cierta incredulidad sobre una revolución que no acababa de dar los frutos que la generación anterior había prometido. La igualdad y felicidad de todos los cubanos no aparecía por ningún lado.

La tercera y última visita a la isla cubana fue en 2008. Llegamos a las 12 de la noche a un hotel de estilo colonial en el centro de la ciudad. No había agua para asearte después de un largo viaje. Por la mañana los grifos seguían sin arrojar una gota. Pregunté y me dijeron que llevaban tres días sin agua, pero que en cualquier momento o en cualquier día llegaría el camión cisterna que llenaría el depósito del hotel. Pedimos la cuenta y nos fuimos a un hotel español a las afueras de la ciudad.

El servicio de taxis -antes en manos del Gobierno- había sido alquilado a particulares. Comprobamos que lo primero que hicieron los taxistas fue quitar el taxímetro. Cualquier viaje, corto o largo, siempre costaba diez dólares americanos. Muchos restaurantes ya estaban en manos particulares. Algunos de gran categoría. Se notaba que en Cuba, en la Cuba de la revolución, convivían ricos y pobres. Había pobres, muy pobres. No sé si ricos, muy ricos. Pero la igualdad se había acabado, y la revolución, también. Nadie creía en ella. Ninguno pensaba, entonces, que se la podía derrotar. Ignorarla y tratar de vivir al margen como fuera y de lo que fuera parecía el consuelo de muchos cubanos.

Por lo que hemos visto estos días, el cubano ya sí cree que puede hacerle frente a algo que está agotado. Lo mejor que podrían hacer las autoridades cubanas sería copiar el modelo de España en la Transición. Es inútil tratar de mantener lo que no tiene base. Negocien y hagan una transición para que en Cuba quepan todos. Ya no pueden mantener una revolución para el pueblo contra el pueblo.

Leer “Cuba, el final” en Diario de Sevilla

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