La maldita hemeroteca

Algunos medios de comunicación, entre ellos de manera destacada la cadena de televisión la Sexta, emiten o mantienen secciones a la que ponen por título La maldita hemeroteca, en la que con gran alborozo de los periodistas responsables de la sección, se recogen las frases que a lo largo de los últimos meses o semanas han ido pronunciando nuestros representantes políticos.

Curiosamente, la prensa, cuando se hace eco de esas declaraciones y las relaciona con lo que ahora dicen los mismos interlocutores, reacciona con regocijo, como dando a entender eso de “ah, os hemos cazado”, sin llegar a comprender que los cazados fueron ellos, los medios de comunicación que, ilusos, pensaban que estaban arrancando la mejor de las exclusivas, cuando, en realidad, lo que nos estaban vendiendo era una mercancía averiada. Ellos, y no otros, fueron quienes nos transmitieron como cierto y verdadero lo que hoy se demostró falso y engañoso.

No deberían sonreír sino pedir disculpas al respetable por haberles hecho creer algo que no era verdad. Es posible que algunos ciudadanos hayan depositado su voto en las elecciones en función de los que dice la prensa que dijeron quienes, hoy, se descubre que mintieron.

«No solamente se roba cuando alguien se queda con dinero que no era suyo; también cuando alguien se queda con la confianza de otro sin causa razonable que lo justifique»

¿Y qué puede hacer un periodista cuando alguien le dice algo que, tiempo después, se demuestra que no era cierto? No parece fácil, pero si se buscan fórmulas, es posible que se encuentre la manera de que ante una declaración más o menos transcendente para las decisiones que tienen que tomar los ciudadanos, el periodista ponga al declarante en la tesitura de afirmar solemnemente que si no cumple eso que enfáticamente ha prometido, o dimitirá inmediatamente de sus responsabilidades o tendrá que retirar lo dicho porque si fuera de farol sabe que es falso lo que declara o promete

Son muchas las ocasiones en las que se oye decir que tras algo más de cuarenta años de democracia se impone repensarla con la idea de regenerarla. Regeneración es la gran palabra con la que se intenta tapar la incompetencia. Pero regenerar la democracia, también, consiste en asumir las consecuencias de no ser capaz de mantener lo prometido sobre asuntos más o menos transcendentes para la vida de las personas y para la credibilidad de quienes aspiran a representarnos o a gobernarnos. No solamente se roba cuando alguien se queda con dinero que no era suyo; también se roba cuando alguien se queda con la confianza de otro sin causa razonable que justifique el no cumplimiento de lo prometido. En ambos casos es exigible que se devuelva lo robado. El dinero se puede devolver; la confianza robada sólo se repone dimitiendo.

Lo escrito más arriba no implica la obligación de mantener contra viento y marea lo dicho o lo prometido. Todo el mundo, y por lo tanto también los políticos, tiene derecho, y, en ocasiones, el deber de cambiar de opinión o de pensamiento cuando las circunstancias aconsejen decir Diego donde antes se dijo digo. Sólo los muy fanáticos están siempre seguros de lo que defienden y, por consiguiente, jamás se apean de sus elucubraciones mentales. El resto de los mortales sabemos que la política no puede reducirse al me gusta o no me gusta de las redes sociales. Que en casi todo existe un espacio para la duda. Que dudar es sano porque indica un nivel de moderación exigible en quienes desde su liderazgo, como dice Felipe González, tienen la obligación de sacarnos de la incertidumbre en un mundo del que no sabemos cómo va a ser el futuro.

La única condición exigible al político que se rectifica a sí mismo es que explique las razones que le han animado a abandonar lo que antes sostenía. A los ciudadanos que elegimos con nuestros votos a los representantes políticos no se nos puede tratar como a vasallos o como a críos de corta edad. Estamos tan capacitados como el que más para entender y comprender las razones que llevan a nuestros representantes a cambiar de posición. Lo que molesta e irrita es que se niegue la verdad del cambio y que se nos quiera tomar por tontos.

En una sociedad en la que circulan por las redes sociales las mentiras anónimas y cobardes, nuestros representantes tienen la obligación de ser los depositarios de la verdad, de sus verdades, de tal manera que cuando hablen y se dirijan a nosotros, sepamos con toda seguridad que no nos están mintiendo y que si necesitan rectificar más adelante, sabremos que nunca faltarán las razones que les animen a esa rectificación.

Leer “Maldita hemeroteca” en El Diario de Sevilla

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