Levantar la mano

Levantar la mano / rosell

Levantar la mano / rosell

Conocí en mi etapa de presidente de la Junta de Extremadura a algunos empresarios, dueños de factorías con importantes volúmenes de facturación, que tuvieron por aula la calle. Su humilde procedencia familiar les impidió seguir en la escuela cuando apenas contaban con once años. Su formación académica, por tanto, brilla por su ausencia: nunca fueron a una Universidad y jamás pisaron una Escuela de Empresariales donde, supuestamente, se forman los empresarios del mañana.

 

Siempre me sentí fascinado por ese tipo de personajes que, cuando nos fuimos conociendo, me confesaron su frustración por no poder tener un título o un máster que les acreditara como empresarios. Alguna vez, de broma, les dije a algunos que todavía estaban a tiempo de matricularse para obtener el título de Graduado en Empresariales. Uno de ellos, creyendo que yo hablaba en serio, se enojó pensando que, si él se matriculaba en la Escuela de Empresariales, tendría que ir a clase todos los días para que unos profesores que ejercen la docencia porque no se atreven o no saben hacer una empresa le enseñaran a él, empresario de enorme éxito, cómo se hacía una empresa. Y llevaba toda la razón. Ese tipo de profesionales, con acreditada y dilatada experiencia en aquello a lo que han dedicado buena parte de su vida, deberían poder acreditarse en la universidad para que los que no saben lo que es una empresa más que teóricamente le dieran la graduación a los que lo saben prácticamente.

No pasará mucho tiempo para que la universidad, además de las funciones que desempeña actualmente, se convierta en una especie de Agencia de Evaluación que examine los conocimientos que cada cual considere que le hacen acreedor a la graduación o al máster que necesite para su formación o actividad laboral. Las titulaciones cerradas serán cosa del pasado. Los profesionales de la nueva sociedad serán evaluados por la universidad en aquellas materias que necesite el ciudadano para ejercer profesiones que ahora no imaginamos siquiera cómo serán.

Llama la atención que en algunos medios de comunicación se hayan deducido las razones por las que en el curso pasado, en plena pandemia, los alumnos españoles hayan obtenido un porcentaje de calificación más alto que en cursos “normalizados”, en los que la tradición era la vela que alumbraba. La razón de esa subida en las calificaciones se atribuye, sin que haya ningún dato que lo ratifique, a que los profesores han levantado la mano a la hora de calificar a unos alumnos que tuvieron que estudiar y aprender de una manera diferente a la que se viene empleando desde que la impuso la Prusia Oriental en el siglo XVIII. Y, efectivamente, puede ser que algunos profesores hayan sentido algo de compasión hacia aquellos alumnos que no hayan podido seguir la enseñanza on line por medio de la manoseada brecha digital. Pero no he visto que se haya especulado con otras causas que hayan contribuido a elevar la calificación media de los estudiantes españoles. Y una de ellas pudiera ser que, por fin, en el último trimestre del curso pasado, los alumnos pudieron estudiar y aprender en el medio que para ellos es absolutamente normal, es decir, en el océano de internet. Nuestros niños, adolescentes y jóvenes no usan internet como lo usamos quienes nacimos mucho antes de que la realidad física se convirtiera en virtual. Los alumnos de la era digital viven en internet, trabajan en internet, se enamoran por internet, viajan con internet, se informan por internet, se relacionan por internet. Solo cuando acuden a la escuela, al instituto o a la universidad salen de internet apara adentrarse durante seis horas al día en un mundo analógico absolutamente extraños para ellos. Ellos no tienen que esperar que termine la sección dedicada al deporte en los informativos para saber qué tiempo hará mañana, porque saben hora a hora y día a día si lloverá, hará frío o calor en el lugar donde viven, en el sitio al que piensan ir y en el pueblo donde viven algunos de sus amigos. Nadie les ha visto jamás con un periódico de papel, pero se mantienen informados de todo aquello que pueda interesarles. Por eso no se comprende la falta de visión de la realidad de la médico que decidió quitarle el smartphone a sus enfermos para que no pudiera comunicarse con sus familiares. Creía que si les quitaba el smartphone solo les anulaba la posibilidad de hacer o recibir llamadas. La pobre ignorante no sabía que les estaba quitando algo más que el instrumento que les servía para hablar; también les quitaba el reloj, el termómetro, al hombre del tiempo, los periódicos del día, la radio, la televisión, los mapas, las tiendas donde compran, el dictáfono, el traductor, el cajero automático, la sucursal bancaria, el álbum de fotos, el cartero, el calendario, la sala de juegos, el solitario, el sudoku, el reproductor de música, la biblioteca, el cuaderno de notas, etc. La médico quería mandar a sus enfermos a otro hospital y, sin embargo, los estaba enviando a los felices años veinte del siglo pasado. Allí donde viven los alumnos del siglo XXI cuando atraviesan la puerta del aula.

Leer “Levantar la mano” en Diario de Sevilla

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