Sexilio

Sexilio / Rosell

Es tanta la terminología que se emplea en el lenguaje político y periodístico actual, que resulta francamente difícil situarse en el contenido concreto de una frase o de una palabra. Hace pocos días leí en un periódico de tirada nacional un artículo sobre la situación del independentismo en Cataluña que impedía situar la acción de lo que ocurrió por el mareo de fechas que manejaba el periodista. Muchas de ellas hacían referencia al día y al mes, pero evitaba señalar el año al que hacía referencia. Era agobiante tener que tratar de recordar en que año situar el 1-O o el 27-N o el 16-S. No creo en la mala fe del periodista, pero si pienso que, o por falta de profesionalidad o por falta de tiempo o porque sospecha que todos los ciudadanos no tenemos otra cosa que hacer que recordar esas fechas “históricas”, pues que no hacía falta aclarar los años en los que ocurrió lo que el periodista nos contaba.

Algo parecido sucede con las siglas o con algunos nombres. El sábado pasado, conduciendo camino de Salamanca, más pendiente de la fuerte lluvia que empañaba el parabrisas sin que el limpiaparabrisas diera abasto para expulsar toda el agua que se acumulaba en el cristal, oí en el debate de actualidad sobre la ley Trans la palabra sexilio. Dudé sin saber si era eso lo que había escuchado o la fuerte lluvia me había confundido. Efectivamente era ese y no otro el vocablo que me llamó la atención. No es una palabra que esté presente en la conversación diaria por lo que fui al diccionario de la lengua castellana y comprobé que la Academia no la ha incorporado, lo que no impide su uso en círculos que tienen que ver con personas LGTB que han tenido que abandonar su lugar de origen por rechazo a su orientación sexual y a su identidad de género. Exactamente era la definición que había imaginado. No sé si alguien del Gobierno o de los tertulianos de la emisora que estaba escuchando abogó por auxiliar económicamente a ese tipo de personas que desgraciadamente para vivir su identidad en libertad han tenido que abandonar su casa y, tal vez, su trabajo y familia para difuminarse en el laberinto de la gran ciudad.

Está bien inventada la palabra ‘sexilio’. Falta inventar otras que definan al que abandona su pueblo por su pobreza (‘pobrecilio’) o por las amenazas de su pareja (‘femicilio’)

No me escandaliza que los impuestos que pagamos sirvan, entre otros muchos menesteres, para ayudar a rehacer una vida a quien la tenía destrozada por su tendencia sexual. Tampoco me voy a escandalizar si la misma suerte la corren todas esas personas que, de igual manera pero por distintas circunstancias, se ven obligadas a abandonar su pueblo, porque allí donde viven, el poco trabajo, por no decir el paro permanente, les impide ganarse la vida yendo a buscarla donde teóricamente existen más posibilidades. Tampoco me voy a enfadar porque con los impuestos que pagamos se ayude a aquella pobre gente que, día tras día y noche tras noche, levanta el cartón donde durmió en el portal de una sucursal bancaria o en plena calle para volverlo a poner en el mismo lugar o en otro de similar confort porque no tienen nada de nada para llevar una vida digna. Está bien inventada la palabra sexilio. Falta inventar otras que definan al que abandona su pueblo por su pobreza (pobrecilio) o por las amenazas de su pareja (femicilio).

Sí me escandaliza que el ministro del Interior no pida disculpas por haber incumplido la ley en la tragedia de Melilla. Ángel Gabilondo, Defensor del Pueblo, ha acusado a Interior de haber devuelto a 470 personas sin cumplir las garantías legales. Una cosa es que Europa sea un jardín de flores delicadas (Borrell dixit) y otra es que en el cuidado y mimoso vergel rechacemos de mala manera y violentamente a quienes sin la fragancia del edén, arrastrando sus cuerpos duros, morenos y, quizás, sucios por el polvo del desierto, quieren entrar para ser cuidados como a los rosales en los parterres europeos. No huyen de sus infiernos por sus orientaciones sexuales sino por el miedo a ser asesinadas por un pañuelo mal puesto o por el ansia de libertad. Pero parece que el Ministro del Interior no quiere que en nuestro cuidado vergel entren malas hierbas que terminen con nuestros preciosos lirios y tulipanes. El Defensor del Pueblo niega el derecho a cortarlas de raíz, porque esas hierbas también necesitan abono y cuidados para no secarse en la indigencia. Ellos, los pobres del mundo, también necesitan nuestro apoyo.

Leer “Sexilio'” en Diario de Sevilla

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.