En las Cortes de Cádiz se mantuvo una discusión sobre la soberanía nacional al objeto de incorporar ese concepto en la Constitución que se estaba elaborando y que dio lugar al texto de 1812. El diputado mejicano Ramos de Arispe pareció disentir de aquellos que mantenían diversas teorías sobre esa soberanía. Arispe afirmó que un diputado representaba a toda la soberanía nacional por encima del lugar de su procedencia. “Señor –decía- no debemos apartarnos del principio de que un diputado puesto en el Congreso no es diputado de Galicia, Cataluña o de Extremadura, sino un diputado por Galicia, Cataluña o Extremadura”. Para él, un diputado era un “representante de toda la nación”.

Esa idea se ha perdido en nuestro Congreso de los diputados. La mayoría de los diputados no se consideran representantes de toda la soberanía nacional, sino que piensan que representan única y exclusivamente a su territorio. Esa concepción de diputado de explica la utilización de lenguas cooficiales de sus respectivos territorios, de tal manera que cuando escuchamos hablar a un diputado de Cataluña o de Galicia sabemos que no está defendiendo los intereses nacionales sino los de sus respectivas circunscripciones. Sabemos que no hablan para la nación española sino para una pequeña parte de ella. De tal forma que el Congreso se ha convertido en el Senado. Todos sabemos que cuando toma la palabra alguien del PNV o de Junts o de ERC o del Bloque Gallego no está para nada pensando en los intereses de los españoles sino única y exclusivamente en los de los ciudadanos de los territorios a los que cree representar.
Si de verdad nos creyéramos que un diputado, venga de donde venga, es diputado por y representa la soberanía nacional, no estaríamos esperando para ver si el diputado Ábalos dimite o no de su escaño como, a veces, se le pregunta desde los medios de comunicación. Es tan soez, tan machista y tan barriobajero el lenguaje que ha empleado ese diputado cuando ejercía de ministro y de secretario de organización del PSOE, que no deberíamos esperar a que presentara su renuncia al escaño que actualmente tiene por Valencia, sino que seríamos los ciudadanos españoles los que le exigiríamos esa dimisión.
Ábalos nos representa a todos los españoles. Y los españoles deberíamos sentir vergüenza por comprobar la catadura moral de ese representante de la soberanía nacional. Si no exigimos su dimisión, estaremos proclamando a los cuatro vientos que nuestra catadura es similar o parecida a la de aquel que, como el diputado Ábalos, nos representa.
Un diputado que habla de esa manera no puede permanecer sentado en su escaño; y si lo hace es porque los ciudadanos no nos hemos levantado indignados y exigentes. Aquí, en España, se penaliza más a quien dijo que era abogado y no había terminado la graduación que a quien dijo que era feminista y era pura fachada.
El engaño la traición y la vergüenza deben ser reparadas por el partido en el que se presentó Ábalos. Bastaría que los que votaron la lista en la que figuraba manifestaran públicamente su negativa a votar esa misma opción política si Ábalos no dimite de la responsabilidad para la que le eligieron.
La dimisión de Mazón, presidente de la Generalitat valenciana, nos ha enseñado a los españoles que cuando la ciudadanía decide acabar políticamente con algún indigno cargo público, lo consigue si se lo propone. Les ha costado un año, pero la presión popular resultó insoportable para quien, como Mazón, no parecía dispuesto a penar sus pecados por su incalificable espantada cuando más se le necesitaba. Ahí está la lección para quienes quieran aprenderla.
La mentira y el insulto deberían estar prohibidos en la política española. Una sesión en el Congreso de los diputados se parece a las redes sociales como un huevo a otro huevo. La diferencia radica en el hecho de que los insultos y las calumnias son anónimos en las redes y a cara descubierta en el Congreso o en el Senado.
Más de uno estará frotándose las manos esperando la delación de Ábalos y Koldo. Otros están temerosos ante esa posibilidad. A mí me repugnan quienes callan lo que saben hasta que entran en prisión. Si no entraran, callarían. ¿Cuántos habrá que saben y guardan silencio? Son tan inmorales cuando callan como cuando hablan.



