No había besos

En los años que fueron del final de la guerra civil española al inicio de la democracia de 1978, el modelo de familia tuvo mucho que ver con la economía. El cabeza de familia (el padre) mantenía a su mujer y a sus hijos; en muchas ocasiones, familias numerosas: había un premio a la natalidad; se lo daban a familias con 14 o 15 hijos.

Rosell

El excelente escritor Manuel Vicent, en un documental de Luis Alegre y David Trueba, manifiesta que su madre jamás le dio un beso y que su padre practicaba el autoritarismo. Así nos criamos muchos españoles que hoy pasamos de los tres cuartos de siglo. No había besos porque se nos criaba para que lo más pronto posible pudiéramos aportar recursos económicos a la familia. “Yo te mantengo a ti, con la condición de que nos mantengas a nosotros cuando no podamos seguir trabajando”. Eran aquellos tiempos en que los derechos no eran universales.

Con la llegada de la democracia, la sociedad cambió, y con ella, la familia. Padre y madre (la mujer comienza a incorporarse al mercado laboral) mantienen a su prole (ya no tan numerosa). Los hijos, tras un largo proceso de formación, se emancipan. Ya no tendrían que aportar nada a los progenitores. Unos y otros disponían de servicios básicos: sanidad, educación, pensiones, servicios sociales, etc.

En la actualidad, algunos hijos, con un nivel de formación excelente y un nivel educativo altísimo (41% de la población entre 25 y 64 años tiene estudios superiores; un 6,3% superior a la media de la UE) vuelven a ser mantenidos por sus progenitores.

Se supone que una juventud con el alto nivel educativo tiene unas expectativas altas para obtener un nivel de bienestar aceptable. Según los psicólogos positivistas, la felicidad es la diferencia entre la realidad y las expectativas. Si los niveles de expectativas son bajos, el nivel de bienestar aumenta. Si los niveles de expectativas son altos, aparece la infelicidad.

No parece sensato ni posible que una juventud, que en el 52% de los jóvenes españoles alcanza estudios universitarios, rebaje sus expectativas de obtener un nivel decente de vida. Si esa juventud tiene como expectativas ganar cien y la realidad le proporciona ciento cincuenta, la felicidad de la misma se verá bien recompensada. Al contrario, si la realidad proporciona cincuenta a quien esperaba cien, aparece la infelicidad, la preocupación, el rechazo a los agentes políticos y sociales que permiten esa situación.

Como no se deben bajar las expectativas a una generación que se describe como la mejor preparada de la historia, no queda otra que mejorar la realidad para que se sientan bien acogidos en la sociedad.

Para que el futuro se dibuje como el mejor recipiente para una generación que no es como la de la transición ni vive en una sociedad como la de la democracia, habrá que intentar buscar aquellos objetivos que les animen a conseguirlos.

Desde 1789, con la Revolución Francesa, se impuso el eslogan de libertad, igualdad, fraternidad e indivisibilidad de la República. No creo que la libertad mueva muchas banderas. Los jóvenes de hoy no vivieron la dictadura y, por lo tanto, ni siquiera llegan a imaginar su significado; la fraternidad es un concepto etéreo que no mueve montañas; la indivisibilidad de la República da para otros cientos de comentarios. Solo queda como camino cargado de futuro la igualdad. No me refiero a la igualdad legal. Esa ya se consiguió con la Constitución de 1978. Hablo de la igualdad económica. Defiendo la meritocracia y la remuneración salarial en función del mérito y la capacidad. Puede discutirse el nivel de diferencias salariales. Y puede debatirse sobre las partidas que se destinan a la innovación.

Nadie nace siendo empresario. Basta con tener imaginación, coraje, ganas y no huir del riesgo. Son admirables quienes apostaron su suerte a la imaginación, al riesgo y a la innovación. Si nuestros jóvenes tienen ideas innovadoras, pero no se disponen de recursos para financiarlas, el resultado es como si la innovación no existiera.

Leer «No había besos» en el Diario de Sevilla

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