El calor de este verano nos confundió con noticias de poco calado y con asuntos de gran envergadura. Sobre estos, invasión de Ceuta, se habló y se sigue hablando. La foto de la discordia pasó, como era lógico, sin pena ni gloria.

Cualquier persona que haya ostentado un cargo público o haya tenido cierta relevancia pública sabe de la cantidad de veces que se ve en la necesidad de tener que estrechar su mano con personas y personajes de todo tipo o de fotografiarse con tantos fotógrafos aficionados que insisten en posar juntos para no se sabe qué buenas o aviesas intenciones.
Recuerdo una ocasión en Lanzarote a donde fui a pasar unos días de descanso, en unas vacaciones veraniegas. Yo trataba de pescar desde la orilla del mar. Iba casi camuflado con gorra de visera y gafas de sol. Pasó una pareja. Ella debió reconocerme. A solo unos metros de mi posición, se dio la vuelta y, dirigiéndose a mí, me preguntó por la posibilidad de hacerse una foto conmigo. Estuve tentado a negarme. No era por la molestia que podría ocasionarme. Total, una foto es cuestión de unos segundos si quien la hace sabe situar en la pantalla de su teléfono móvil la aplicación y si, a continuación, sabe dar con el disparador, cosa que no siempre ocurre. Mi duda en aceptar la invitación se debía a la circunstancia de que la señora era la dueña de unos pechos descomunales y nada ni nadie los tapaba. Me pareció una grosería no aceptar la invitación y me pareció una ridiculez decirle que aceptaría si se tapaba los pechos. ¿Qué iba a pensar de mí quien se disponía a fotografiarse sin ningún tipo de complejos? Acepté y durante unos minutos me vi en la revista Interviú que se editaba en aquel tiempo con algunos cuerpos semidesnudos. Si así hubiera ocurrido, a ver quién era el guapo que contrarrestaba la versión que hubiera circulado de boca en boca.
Es solo un ejemplo de las situaciones a las que tiene que hacer frente quien se sitúa en una posición protocolaria para recibir lo que se denomina cursimente el besamanos o cuando es asaltado por quienes sienten la necesidad de fotografiarse con el personaje admirado por él o por su entorno.
A saber a quiénes habremos dado nuestra mano cuando pasan a saludarte decenas de personas sin que por mínima educación se pueda negar el saludo a quien pretende obtenerlo. Estoy seguro de que los ministros del gobierno y el propio presidente, en actos institucionales o en mítines de partido, no habrán podido valorar la catadura de quien les saluda y se apresura para hacerse un Photoshop con ellos. Y sería de una enorme descortesía si dejarás de tender tu brazo a quien te ofrece su mano, máxime si quien la ofrece es un ciudadano normal y corriente al que no conoces y al que no puedes someter en un segundo a un escrutinio personal.
Cualquiera se puede empotrar una cola sin que nadie se percate de tal situación y cualquiera puede tener una foto con cualquier personaje si se le presenta la oportunidad de hacerlo. Resulta casi imposible saber si alguien se acerca en un saludo protocolario con actitud amistosa o si va con segunda intención para grabar y manipular la imagen obtenida por terceras personas.
Criticar a quien es víctima de una de esas involuntarias situaciones no deja de ser un intento de perjudicar la imagen del asaltado.
Otra cosa sería aparecer en esos actos yendo a buscar a un impresentable para saludarlo o hacerse una fotografía con gente indeseable sabiendo que lo son. Y para eso no hace falta irse a Waterloo.



