El pasado sábado, 27 de junio, se celebró el Día del recuerdo y homenaje a las víctimas del terrorismo. De entre los muchos recuerdos que vienen a mi mente con cierta frecuencia, escribo este:

El policía Pablo Sánchez César, de 24 años, estaba casado y tenía una hija de 13 meses. Era natural de Badajoz y estaba destinado en la Policía de San Sebastián. Fue enterrado en la localidad de Hoyos (Cáceres), municipio natal de su esposa, Amalia García Mora. Pablo salió la mañana del 16 de septiembre de 1983 de su casa de Urnieta en la que vivía con su esposa, su hija y sus suegros, para ir al trabajo. Cuando el agente se encontraba en el andén del tren a San Sebastián vio venir a tres terroristas. Intentó protegerse pero le hirieron mortalmente y le remataron con un disparo en la cabeza. Los asesinos huyeron en un vehículo robado. Los miembros del comando Donosti, Jesús María Zabarte Arregui y José Antonio Pagola Cortajarena fueron condenados a penas de 29 años de reclusión mayor y a indemnizar a los herederos de Pablo.
En esa fecha, acababa de ser elegido presidente de la Junta de Extremadura. Era el primer extremeño que moría asesinado por ETA ocupando yo la responsabilidad institucional de la recién estrenada Autonomía extremeña. Llamé a José Barrionuevo, a la sazón ministro de Interior del gobierno de España, manifestándole mi interés en acudir al funeral del policía asesinado. Si estás a las 18 horas en la sala de autoridades del Aeropuerto de Barajas, te vienes con nosotros en el Falcon.
A las seis en punto estaba en esa sala de autoridades. Saludé al ministro, al Secretario de Estado, Rafael Vera, y al director de la Policía Nacional, General Sáez de Santamaría, qué me preguntó por las razones que me llevaban a Urnieta.
– Quiero rendir un homenaje a Pablo Sánchez César, acompañar a su mujer, Amalia y saludar al lehendakari Garaicoechea.
-No sé si sabe usted que ese personaje no acude a ningún funeral en el que la víctima sea un policía o un guardia civil.
-Yo le llamé por teléfono esta mañana, le comuniqué que estaría esta noche en Urnieta y que esperaba saludarle en el funeral.
El General me miró con cierto desdén, como pensando: este extremeño no tiene ni idea de cómo es el lehendakari Garaicoechea.
Llegamos al aeropuerto. Varios coches esperaban en la pista. Monté en uno con el ministro y salimos a toda velocidad hacia Urnieta.
Al llegar, nos estaba esperando a las puertas de la Iglesia el lehendakari Garaicoechea. Juntos entramos en la pequeña iglesia. Poca gente, Ramón Jáuregui y varios miembros del Cuerpo de Policía. Al terminar el sepelio, me entretuve con un extremeño, residente en Guipúzcoa, al que saludé.
Fue un error. Cuando salí a la calle, no había nadie. A lo lejos, monte arriba, se adivinaba la caravana del ministro. Se habían olvidado de mí. Me quedé solo en la plaza junto a la iglesia. No existían los teléfonos móviles. No sabía qué hacer. Afortunadamente pasó por allí una pareja de policías a los que le manifesté mi situación.
-Soy el presidente de la Junta de Extremadura y vine con el ministro, pero el ministro y sus acompañantes han salido pitando y yo me he quedado en tierra.
-¿De verdad es usted el presidente de Extremadura?
Cuando dieron por buena mi explicación, me dijeron que podrían llevarme hasta el aeropuerto de Vitoria para irme en el avión militar que iba a llevar el cuerpo del policía asesinado a Talavera La Real.
Después de pasar por el piso del policía asesinado para recoger algunos documentos, salimos en un Renault 4L sin ningún tipo de blindaje. A cada curva de la autopista el copiloto le advertía al policía conductor del riesgo de atentado a la salida de la curva.
Llegamos a las 0h, 10’ al aeropuerto, que había cerrado a las cero horas. El director del mismo se negaba a abrirlo. “Yo no abro el aeropuerto para un muerto”, dijo. Un oficial de uno de los dos Cuerpos de Seguridad del Estado amenazó al director con utilizar su arma reglamentaria si no permitía la salida del avión militar.
El argumento surtió su efecto y sobre las 0 horas y 30 minutos el avión despegó. El féretro de Pablo iba situado en el medio con varias coronas y ramos de flores encima. En un lateral, Amalia, su viuda acompañada de dos o tres familiares. Me senté en el otro lado, enfrente de ellos.
El ambiente era triste, dramático y casi irrespirable. Casi tres horas de vuelo. Llegando a Talavera, un copiloto se asomó y viendo mi cara, me invitó a pasar a la cabina del piloto. Me ofreció un cigarrillo y me fumé tres seguidos.
Serían las tres de la madrugada cuando el avión aterrizó en Talavera. Al abrirse la puerta, el frío hizo temblar a Amalia; le ofrecí mi chaqueta y con ella bajó la escalerilla para, en coche, partir para Hoyos, donde recibiría sepultura otro extremeño defensor de la democracia.
También Garaicoechea, fallecido recientemente, me trajo a la memoria este triste recuerdo.



