25 de abril

En el año 1974 existían dos dictaduras en la Península Ibérica y una dictadura en Grecia. No fue casualidad que al sur de los Pirineos, tras la derrota del fascismo y del nazismo, se hubiera permitido esa falta de libertad y de democracia por parte de las potencias vencedoras de la Segunda Guerra Mundial. Fue la falta de confianza en esa frontera sur lo que hizo que ese sur estuviera blindado por regímenes dictatoriales al objeto de que la Europa libre occidental no pudiera haberse visto presionada por el comunismo del este y el posible comunismo del sur. Por el este se mantenía el llamado telón de acero; por el sur, las dictaduras portuguesa, española y griega.

Para salir de ese esquema alguien tenía que dar el primer paso. Fue Portugal la que movió ficha. Tres objetivos fueron los que aparentemente buscaron los capitanes del ejército portugués cuando decidieron sacar el ejército a las calles hace cincuenta y dos años: 1.- Acabar con una guerra colonial que duraba ya muchos años y que no parecía tener fin. 2.- Eliminar una dictadura, de medio siglo, en Portugal e iniciar un proceso democrático. 3.- Recuperar para el ejército un prestigio que se iba perdiendo años tras año.

Quienes lideraron ese proceso y quienes lo apoyaron pueden sentir el orgullo del deber cumplido: acabaron con la guerra colonial; terminaron con una dictadura e iniciaron una democracia que dura hasta hoy; y aumentaron el prestigio de los militares portugueses. Hoy, medio siglo después, existen portugueses que sienten gran frustración creyendo que de la Revolución de los claveles no queda nada. Debe ser que siguen magnificando el significado de lo que es un régimen democrático. La democracia no es un régimen social o económico; es un sistema político de libertades, de pluripartidos, de derechos humanos, de soberanía nacional y de separación de los poderes del Estado. Los portugueses frustrados deben responderse a la siguiente pregunta: ¿Portugal es hoy una democracia parlamentaria, homologable a cualquiera de las de su entorno? Si la respuesta es que sí, uno de los objetivos de los capitanes se ha cumplido; el 25 de abril sigue vivo. El segundo objetivo, el final de la guerra colonial, desapareció en 1975 tras diversos intentos del general Spínola de integrar las colonias en un modelo federal.

El tercer objetivo, recuperar el prestigio de los militares, venía fraguándose desde años antes. Lo cuenta Vasco Lourenço cuando saliendo de una reunión de militares, Saravia de Carvalho, en una noche de noviembre de 1973 le dice: Esto solo lo salva un golpe de Estado. Un golpe militar, entregar el gobierno a un Junta Militar y, luego, hacer elecciones y el que gane que gobierne. El propio Vasco Lourenço manifestó tiempo después: La población nos miraba como el soporte del régimen represivo que imponía la guerra y la dictadura. Para recuperar nuestro prestigio teníamos que abandonar esa imagen. Eso solo era posible con un golpe de Estado: derrocar la dictadura, solucionar el problema de la guerra colonial de manera política, crear las condiciones para la democracia y la libertad en Portugal… Y así llegamos al 25 de Abril.

“Solucionar el problema de la guerra colonial de manera política”, dijo, Lourenço. Estaba claro que la guerra no tenía solución militar. Si los militares portugueses hubieran creído factible la solución militar y hubieran percibido la victoria en los territorios de Angola, Mozambique, Guinea-Bisáu y Cabo Verde y Santo Tomé, ¿hubieran dado el golpe de Estado? Si la respuesta fuera afirmativa, tendríamos que concluir que el factor colonial fue la mejor excusa que encontraron los capitanes para que, animados de un espíritu y creencias democráticas y por la pobre situación social, económica y política, animaran y ejecutaran la revolución del 25 de abril de 1974. Es necesario recalcar que los movimientos de liberación en las colonias portuguesas no solo posibilitaron el final del colonialismo portugués, sino que también su resistencia propició el paso de una dictadura a una democracia. Lo fundamental es que cualesquiera que hubieran sido los motivos que animaron a los capitanes, consiguieron acabar con la dictadura a través de un golpe de Estado.

Es digno de señalar en este 52 aniversario el hecho de que casi siempre que ha habido una involución de la democracia, fueron militares los que protagonizaron los golpes de Estado que acabaron con las democracias. Por el contrario, en Portugal, fueron los militares los que terminaron con una dictadura e implantaron una democracia.

Frente a esa dictadura, el golpe propiciaba una salida revolucionaria u otra reformista. Portugal eligió la primera opción; pronto se vio que la vía revolucionaria no se iba a poder abrir paso en un cambiante escenario mundial. Rusia se estaba abriendo a la democracia y China de abría a Europa y a EEUU. No cabía otra vía que no fuera la que adoptó España a la muerte del dictador Franco, la vía reformista que tuvo en cuenta el nuevo panorama internacional y la situación interior que la diferenciaba de la vía portuguesa: la derecha portuguesa no tuvo ni tiempo ni ocasión, y, tal vez, ni ganas de apartarse de la dictadura; era parte de la dictadura cuando los militares iniciaron su proceso transformador. Por el contrario, la derecha más reformista española protagonizó, junto con la oposición clandestina la transición española.

En España, a diferencia de Portugal, las posibilidades estaban muy limitadas. No cabía otra salida que la reforma: La Unión Militar Democrática (UMD) era muy minoritaria y el grueso del ejército español era completamente franquista.

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