Las primarias como método de elección de los dirigentes orgánicos socialistas es un invento fruto de las urgencias del momento en que se aprobaron en un Congreso Federal del PSOE celebrado en Sevilla, siendo secretario general el difunto Alfredo Pérez Rubalcaba. Daba la sensación de que con esa fórmula para elegir a los secretarios generales del PSOE y a los candidatos a presidente del gobierno y de las diferentes Comunidades Autónomas y Municipios de más de 50.000 habitantes, el partido socialista se modernizaba y rejuvenecía.

Tiempos después, las primarias pierden fuerza de tal manera que algunos dirigentes socialistas no se cortan al decir que Las primarias tienen que desaparecer. Cada vez más se cuestiona un método de elección que, en lugar de unir y fortalecer al candidato vencedor y a los militantes que votaron, lo que provoca es la división y el debilitamiento del electo. Cada vez son más las voces que se decantan por evitar un proceso de primarias bajo la excusa de que ese tipo de procesos provoca peleas y divisiones.
Así y todo, mientras el proceso sea estatutario, no hay capacidad para evitar que se presenten dos o más candidatos para ocupar la secretaría general o para ser candidato a la presidencia de una Comunidad Autónoma. En esos casos se requiere el aval del 12% de la militancia al corriente del pago de sus cuotas. Un 12% es una cifra que supera con creces el 3% anterior. El objetivo de esta espectacular subida es para evitar candidaturas excesivas que perviertan el proceso. De esta manera se consigue que la elección de candidatos se haga entre aquellos militantes que ocupan cargos orgánicos pagados o cargos institucionales, también pagados. No conozco ningún caso a nivel provincial, regional o nacional en el que aparezca un trabajador por cuenta ajena en las diferentes propuestas. A nadie se le va a conceder un par de meses de permiso para publicitar y defender su candidatura por pueblos y ciudades de la provincia, de la región o de España en busca de tan alto porcentaje de avales. Eso solo está al alcance de quienes pueden dejar su trabajo orgánico o institucional y seguir cobrando su sueldo respectivo. De ello se deduce que en un partido como el socialista, que defiende la igualdad, se impone un sistema de elección de dirigentes que excluye a quienes no pueden dedicar horas a viajar para defender su candidatura.
Existen otros riesgos que no se explicitan, pero que están al alcance de cualquier órgano de dirección que desee apoyar a un candidato frente a todos los demás. Si el 12 % es el mínimo exigido para optar a la candidatura a secretario general de una federación regional y el 15% es el máximo de avales que se puede presentar, sabiendo que un militante solo puede avalar a un candidato, quienes gocen del favor de las direcciones regionales o provinciales pueden hacer posible que su candidato cope el máximo posible de avales para evitar los avales a otros candidatos, aunque finalmente no entregue más que el 15% requerido.
Y por último, siempre habrá candidatos que se presenten sabiendo de sus pocas posibilidades. Me temo que en esos casos no se busca la nominación sino la retirada pactada. Por muy pocos votos que pudieran conseguir, esos serán necesarios para quienes sí tengan más posibilidades de ganar. Basta con negociar la retirada de los que saben de sus limitaciones a cambio de promesas de futuro.
Por todas estas razones siempre estuve en contra de quienes se postulan para líderes -¡que hay que tener valor!- y de la forma de elegir esos líderes. Elegido uno de ellos, la militancia acabó su papel. El líder ya solo responderá ante quienes lo eligieron, es decir, ante la militancia. El problema es que la militancia no tiene por costumbre reunirse todas las semanas para controlar al líder; en consecuencia, el elegido hace y deshace a su antojo, sin que los órganos intermedios tengan fuerza o poder para contribuir a la marcha del partido.




De momento tres candidatos y posiblemente más
Juan Carlos, más claro que el agua, pero está todo controlado por los autores del invento.