De sobras resultan conocidas las reglas por las que se rige el fútbol. En ese deporte existen reglas constitutivas y reglas estratégicas. Por las primeras, podemos adivinar de qué se trata. Cuando juegan once contra once, en un campo con dos porterías, estando permitido jugar un balón solo con los pies, excepción hecha de los dos guardianes de sendas porterías, estamos ante un partido de futbol. Esas reglas constitutivas no se pueden alterar. Son las que constituyen la esencia de ese deporte. Si en lugar de once contra once, jugaran siete contra siete y los catorce estuvieran autorizados a jugar el balón con las manos, entonces ya no estaremos ante un partido de futbol sino ante otro de balonmano.

En uno y en otro caso, si se respetan las reglas constitutivas, se pueden variar las reglas estratégicas. Cada equipo de futbol puede ejercitar distintas maneras de plantear un partido. Puede jugar al ataque o puede hacerlo a la defensiva. Puede marcar individualmente a los contrarios o puede defender zonalmente. Cada entrenador decide la estrategia que debe seguir para resultar ganador.
La democracia también se comporta como un juego. Para ser reconocida como tal, necesita que las reglas nos permitan saber que, efectivamente, el juego político se compadece con una democracia. Sus reglas constitutivas son claras y precisas. Así la hicieron los griegos. El juego democrático se constituye con la existencia de tres reglas: soberanía popular; elecciones libres y justas; principio de mayorías y protección de minorías. Los ciudadanos eligen al poder legislativo. Los ciudadanos pueden, también, elegir al jefe del Estado. El legislativo, dicta y aprueba leyes y pueden elegir al presidente del Consejo de Ministros. El poder judicial se mantiene como el intérprete de la legislación que elaboran los distintos parlamentos, además d poder sancionar el incumplimiento de las mismas. El poder ejecutivo responde ante el legislativo y presenta anualmente un proyecto de presupuestos que aprueba el legislativo o que lo rechaza imposibilitando, si se prorroga, el control del gasto del poder ejecutivo.
Si esas reglas constitutivas no se cumplen en su totalidad, entonces entenderemos que se está jugando a otro juego que nada tiene que ver con la democracia.
En el juego democrático es exigible el cumplimiento de esas reglas a todo aquel que decida participar en la partida. Estratégicamente, cada uno puede jugar como quiera, pero las reglas que permiten distinguir a la democracia de otro tipo de juego político deberían ser sagradas y respetadas por todos, so pena de expulsión de aquel o aquellos que osaran incumplirlas.
El único arbitro con autoridad suficiente para obligar a que todos respeten la norma o sean expulsados en caso de incumplimiento, es el ciudadano que, con su papeleta de voto, cual árbitro de fútbol con su tarjeta roja en el bolsillo, tiene autoridad suficiente para expulsar del terreno de juego a quien se salte la norma con juego sucio o tramposo.
Para que el juego funcione, para que todos cumplan las reglas y para que se sepa fehacientemente que, en caso de incumplimiento, la sanción es inapelable, hace falta que sepamos distinguir entre reglas constitutivas y reglas estratégicas de la democracia. No deberíamos permitirnos mirar para otro lado cada vez que se incumplan las reglas constitutivas. Hay veces que los árbitros no pueden ver si existe fuera de juego en la jugada de uno de los contendientes, pero para eso se inventó el oficio de linier o asistente del árbitro. En el juego de la democracia, ese papel de linier corresponde a la prensa libre e independiente. Vean los titulares de esta última semana y podrán observar que algunos linieres están mirando para otro sitio. Parece que prefieren que gane su equipo antes que avisar al árbitro de que ese equipo hace trampas. Así no es extraño que algunos se cansen de política, políticos y de democracia.



