Puede ser que los diputados y senadores hayan estado entrenando sus aplausos para que, cuando un papa decidiera acudir al Congreso de los Diputados, pudieran aplaudir durante siete largos minutos. No crean que resulta fácil conseguir esa marca. Las manos duelen, los brazos se cansan y las piernas flojean, y más si estás atrapado entre tu escaño, el vecino y el senador que incrusta entre ambos.

Tal vez esa sea la explicación a tan largos aplausos: los diputados estaban bien entrenados. A lo largo de esta legislatura aplaudían con entusiasmo al que tomaba la palabra y al que hablaba aunque fuera insultando y tratando de humillar al adversario. En mi experiencia de diputado en las primeras legislaturas de la democracia no se aplaudía a nadie salvo que el orador hiciera una hazaña verbal de antología. Ni siquiera cuando se aprobó la Constitución el aplauso de la Cámara alcanzó el récord que hasta hoy ostenta León XIV.
Así que es posible que el entrenamiento haya permitido el récord del lunes, que para eso se han preparado nuestros legisladores.
Otra explicación, quizás más plausible, sea la que siguieron los grupos parlamentarios para evitar ser el blanco de los dardos que lanzó León XIV a diestro y siniestro. Se hubiera señalado aquel grupo que antes hubiera dejado de aplaudir. “Ustedes han dejado de aplaudir el discurso del Papa porque no les ha gustado la denuncia que hizo”. Otros siguieron aplaudiendo para demostrar que con ellos no iba la cosa. En un mitin, los más aplaudidores dejan en evidencia a los que aplauden poco y mal. En el Congreso nadie quería dejar de chocar las palmas de sus manos para ver quién se confesaba receptor de la regañina.
La vestimenta de nuestros representantes hablaba del enorme respeto que sentían por la presencia del Papa. Algunos de los que renegaron de la corbata o de la chaqueta ante la presencia de los Reyes de España, lucían terno oscuro con corbata negra, poniendo de manifiesto que para ellos es mucho más importante el representante de Dios en la tierra que el Jefe del Estado.
Se supone que, en el futuro, por respeto a los detentadores de la soberanía nacional, esos representantes lucirán traje y corbata cuando tengan que relacionarse con sus electores los ciudadanos.
Alguna diputada, agarró la mano del Papa para hablarle en inglés, demostrando una vez más que la estupidez se exterioriza en cualquier idioma; cualquier tontería en castellano sigue siendo tontería, aunque se diga en inglés.
Y, por fin, la tercera explicación de lo que vimos en el Congreso y en las calles de Madrid. “A falta de pan buenas son tortas”. Si no existen referentes que nos motiven, si los liderazgos en España, lejos de entusiasmar provocan rechazo, si las organizaciones partidistas andan envueltas en investigaciones por corrupción, parece normal que los ciudadanos busquen alguien o algo en lo que depositar sus creencias y su confianza. Cuando solo el 55% de los españoles se definen como católicos, y muchos de ellos como no practicantes, en esos aplausos y en esas manifestaciones multitudinarias, no solo se esconde un sentimiento religioso sino la necesidad de apostar por alguien. La orfandad conduce a la melancolía o al deseo de sentirse reflejado en alguien que, como León XIV, casi era un desconocido en España, pero que se hizo grande cuando rebatió el pensamiento reaccionario de Trump. La izquierda vio en su discurso un aliado a favor de la paz y en contra de la guerra. La derecha se sintió reconfortada por la presencia de alguien que piensa en la misma clave que ellos. Del “Totus tuus” hemos pasado al “Alzad la mirada”. Por eso suena tan penoso el hecho de buscar referentes en una institución que sigue arrastrando aspectos que deberían ser impugnados por ciudadanos libres y democráticos. ¡Cómo estará el patio para que las manos de nuestros representantes se hayan llenado de llagas por el aplauso al Papa!




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