Escuché recientemente a un reputado consultor político decir que, para él, España era una nación plurinacional. Que Cataluña, País Vasco y Galicia, e incluso Andalucía, eran naciones.

Cuando yo viví en Mérida, en mis años más juveniles, tenía como vecino al entonces llamado “manicomio”. Teníamos mucha cercanía con los “locos” de entonces. A algunos les sacaban de paseo los domingos y fiestas de guardar. Había uno que se definía como piloto de combate de los ejércitos norteamericanos. Nadie que hablara con él podía dudar de que el sentimiento de esa persona era sincero. No lo decía para presumir. Lo contaba porque estaba seguro de que esa era la verdad de lo que pensaba y sentía. El único problema residía en el hecho de que su sentimiento era sincero, pero que no era verdad que fuera piloto de combate.
Nadie debe dudar de aquellos que, como el consultor, están seguros de su creencia plurinacional. El problema es que no es verdad. Cualquier parlamento podría votar a favor de declarar a su región como extraterrestre. La votación sería válida; el sentimiento de sus diputados, sincero. La realidad sería distinta. ¡No es extraterrestre!
Resultaría altamente clarificador que los que creen en el carácter plurinacional de España explicaran detalladamente las razones que les llevan a tal creencia. Tal vez, la lengua propia, diferente del castellano, sea el origen de su creencia nacionalista. Pero tener una lengua propia no implica más que eso, que tienen otra lengua además de la común. Una lengua no conduce directamente a una nación. Tener dos lenguas no significa tener dos bocas para comer el doble que los monolingües, ni implica necesariamente tener una nación dentro de otra. Que se sepa, nunca Cataluña, País Vasco, Galicia o Andalucía fueron naciones. Si no lo fueron antes, ¿qué razón les asistiría para serlo ahora? Sí, ya sé que algunos se agarran al sustantivo nacionalidad para deducir que nacionalidad y nación es lo mismo. Si así fuera, los constituyentes nos habríamos ahorrado ese sinónimo y hubiéramos definido las naciones que compondrían España. Si se les calificó con el término nacionalidad fue para singularizar su ¿derecho? a acceder a la Autonomía por la vía del artículo 151 de la Constitución española, frente a las restantes que tuvieron que hacerlo por la vía lenta, por la del artículo 143, a las que se les llamó Regiones. Cuando se elaboró la Constitución no existía en todos los territorios el mismo grado de vocación y sensibilidad autonómicas, pues el origen de ese Estado se encuentra en la existencia de dos causas confluyentes, pero muy diferentes entre sí:
- Las reivindicaciones nacionalistas que exigían la autonomía como protección de identidades históricas: lenguas, conciertos, derechos forales…
- La necesidad de una descentralización política y administrativa como principio de organización más eficaz. A la primera causa se le denominó nacionalidad. A la segunda, regionalismo.
Entiendo que los defensores de las naciones diferentes de la española no estarán pensando en renunciar a lo que desde la Revolución Francesa para acá constituye el fin último de una nación y que no es otro que adornarla con los atributos de un Estado. Si no quieren llegar al Estado, ¿para qué quieren ser nación? Y si quieren ser estado, ¿para qué siguen disimulando? Desde la Revolución Francesa hasta hoy no existe en el mundo ningún nacionalismo que no aspire a transformar su nación en Estado. Cuando las circunstancias históricas y políticas han sido favorables, lo han hecho. Y si no se puede constituir un Estado propio, harán que aquel en el que están metidos se debilite al máximo posible. Declaraciones como atribuir el carácter nacional a quienes no lo fueron nunca contribuye a ese debilitamiento.
Yo lo respeto, pero lo combato, porque cuanto más delgado sea el Estado, menos posibilidad de solidaridad interregional habrá.



