En el siglo XVIII, Francisco Gregorio de Salas escribió la conocida décima dedicada a Extremadura que comienza con “Espíritu desunido/anima a los extremeños” y concluye con el verso que calificaba a los extremeños de aquel siglo como “los indios de la nación”.
En pleno siglo XXI, el tren que salía y llegaba a Extremadura sufría incidencias sin límites, sin que las averías, paradas o suspensiones provocaran heridos o muertes en el pasaje. Ese espectáculo hizo creer al resto de los españoles que los extremeños seguíamos siendo “los indios de la nación”. No había periodista, comentarista o ciudadano de fuera de Extremadura que no se apuntara al cachondeo cuando se trataba de hablar de mi tierra extremeña. El ja, ja, ja y el ji, ji, ji hacían las delicias de quienes se sentían bien tratados por el servicio ferroviario. Alardeaban de lo rápido que ellos viajaban frente a la lentitud de los “indios de la nación”.

Los tristes y desgraciados accidentes de las últimas semanas han puesto de manifiesto que la felicidad de tantos españoles por la velocidad, la comodidad y la puntualidad era pura ficción. Mientras ellos se reían de nuestras desgracias ferroviarias no sospechaban que debajo de sus confortables asientos y de sus vagones del silencio se escondían los ruidos y las vibraciones de sus maravillosos trenes. Se felicitaban por estar del lado de los españoles que, en expresión del ministro de Transportes, disfrutaban de la mejor infraestructura ferroviaria de Europa.
Hoy, los extremeños no nos reímos de sus desgracias. ¡NO! Lloramos con las víctimas que sufren por la pérdida de sus seres queridos y por los que aún no se han repuesto de sus heridas. Esos muertos y heridos nos llevan a pensar que muchos vivían en una burbuja, teniendo una percepción distorsionada de la realidad o siendo víctimas de una fantasía engañosa.
Los desperfectos ferroviarios en los trenes extremeños no ocasionaron víctimas mortales. La ausencia de ese tipo de víctimas explica las bromas y las risas cada vez que se hablaba de viajar a Extremadura. Como nadie murió, nadie sintió la necesidad de indignarse y levantar su voz para exigir respeto a los extremeños. Los que tanto se cachondearon de nuestro desgraciado servicio ferroviario no sabían que el huevo de la destrucción se estaba incubando debajo de sus risas.
Los desgraciados sucesos del pasado 18 de enero, con 46 muertos y numerosos heridos, nos ponen ante la triste realidad y nos dicen que, en lo referente a RENFE y a ADIF, los extremeños no éramos solos “los indios de la nación”; casi 50 millones de españoles también éramos dignatarios de esa calificación y de ese trato displicente e irresponsable.
A partir de la tragedia de enero ya no habrá más risas ni más cachondeo. Cada vez que un territorio sufra las consecuencias de una desidia de los responsables de mantener el servicio ferroviario en condiciones aceptables para los usuarios y para su seguridad deberemos exigir responsabilidades políticas y judiciales.




Ya nos habrán entendido
Real como la vida misma