Y, de nuevo, Extremadura se puso de moda. Ahora no es el tren. Tocó vivir dos experiencias que nunca se habían experimentado por estas latitudes: se disolvió la Asamblea de Extremadura por la presidenta de la Junta e iniciamos una cohabitación entre Partido Popular y Vox.

Del documento aprobado por ambas formaciones, los medios de comunicación solo se han hecho eco de dos palabras: prioridad nacional. Solo quien no conoce la catadura de los nacionalistas ha podido sentirse escandalizado por la propuesta. Ya se sabe que los nacionalistas apuestan por los de aquí: lo de aquí para los de aquí. Lo demás no es de su competencia. Nacionalismo puro, similar al de aquellas regiones en las que el acceso a la Administración pública en cualquiera de sus variantes está vetado a quienes, como en Cataluña, no superen un C2 en la lengua catalana.
La represión franquista en Extremadura durante la guerra civil fue tan brutal que dejó a los extremeños sin ganas, sin fuerza y sin organización para exigir un trato que nos sacara de la miseria y que nos permitiera vivir, trabajar y morir en nuestra tierra. Miles y miles de héroes a título individual y una gran derrota colectiva convirtieron a Extremadura en la campeona de la emigración. La emigración masiva fue la única respuesta que se encontró para huir de una región en la que la dignidad había desaparecido con “el paso firme de la paz”.
Hoy, gracias a ese acuerdo infame, la región que más extremeños expulsó se convierte en el tubo de ensayo donde comienza el gran repudio al inmigrante. Se inició en Extremadura y se está continuando en otras regiones. ¡Qué vergüenza!
Algún dirigente popular dijo que la prioridad nacional se refería al afecto por la tierra. Y como nadie sabe exactamente como se exterioriza ese afecto para tener derecho a servicios y prestaciones sociales, educativas o sanitarias, se supone que si a un inmigrante sin regularizar, de esos que atraviesan el Mediterráneo dejando atrás a una madre que aún no ha parado de llorar, le duele el pecho, deberá acudir a un centro de salud manifestando ese dolor y cantando el himno de Extremadura.
El PSOE perdió espectacularmente las elecciones del pasado 21 de diciembre. Nadie cree que esa situación sea irreversible. La tradición socialista de Extremadura en la segunda República, derrotada en la calle durante la dictadura, pero siempre viva en cada casa, de puertas para adentro, posibilitó que el PSOE, en 1977, obtuviera el 35% de los votos, llegando a una mayoría absoluta en las primeras elecciones autonómicas.
En 1983 se votó mayoritariamente socialismo por tradición y por hartazgo. La situación de Extremadura en esas fechas se resume en tres o cuatro datos: un millón de habitantes en 41.000 kilómetros cuadrados, con dos provincias enfrentadas y practicando lo que Unamuno denominó el “cainismo” del pobre. En el sector agrario se ocupaba el 34% de la población activa; la revolución industrial solo se conoció por el testimonio de los que emigraron a las zonas industrializadas de España y de Europa; la Universidad acababa de aterrizar, y la mitad de los 380 pueblos vivían sin agua potable.
Quienes no vieron o conocieron a los jornaleros del campo extremeño, derrotados al alba, en las plazas de los pueblos, esperando la llegada del manijero que seleccionaba para las tareas agrícolas a los más sumisos, jamás entendieron que las expropiaciones que hizo el gobierno autonómico socialista en los años ochenta no obedecieron a razones económicas sino a razones de dignidad.
Solo quienes vieron a algún terrateniente orinarse en el sombrero de paja del capataz de la finca cada vez que iba a visitarla y a llevarse el fruto del trabajo de cientos de jornaleros que, encima le tenían que llamar “amo” o “señorito”, saben que en 1983, con el enorme poder que las urnas le entregaron al PSOE de Extremadura, cualquier cosa que se hubiera intentado desde el gobierno autonómico hubiera sido secundada por miles de extremeños que no tenían nada que perder. Durante cuarenta años, dos generaciones de extremeños conseguimos trasladar a Extremadura del pasado desgraciado al presente con futuro. Lo hicimos con éxito y, sobre todo, con una enorme dosis de lealtad a la Constitución, a la monarquía, a las instituciones democráticas y al resto de los pueblos de España. Por eso duele tanto que la prioridad nacional de Extremadura sirva de ejemplo en Aragón y, tal vez, en Castilla y León y en Andalucía. ¡Vergüenza de ejemplo!




Recuerda que incluso un nacionalista como Pujol siempre decía “son catalanes quienes viven y trabajan en Cataluña”. Estos han ido mucho más allá que los nacionalistas que tanto odian. Les han pasado por la izquierda. Y sobre todo, ¿cuánto falta para que defiendan la “prioridad regional”, es decir, los servicios sanitarios de Madrid primero para los madrileños, aunque sean servicios generales planeados para dar servicios muy especializados y costosos a todos los españoles (enfermedades raras por ejemplo).