Acuerdo y desacuerdo con Felipe González

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Me puse en la mañana de ayer a teclear unas líneas para enviar al HufftPost sobre Artur Mas. Desde que pasaron las elecciones municipales y autonómicas de mayo pasado, no hay día que no se tenga el impulso de escribir algo sobre el presidente de la Generalitat de Cataluña. Cuando estaba terminando me llegó la noticia de la muerte de Txiki Benegas. Y no tuve dudas: entre escribir sobre el catalán o hacerlo sobre el vasco, era como decidir entre lo malo y lo bueno, lo desleal y lo leal, lo insensato y lo sensato, lo nacionalista y lo socialista, lo indigno y lo digno, el oportunismo y la generosidad, la antipatía y la simpatía, el atolondramiento y la sensatez, la insolencia y el comedimiento. Abandoné a Mas y me fui con Txiki, con el que ya nunca más podré dialogar sobre el PSOE y sobre España, dos de sus grandes pasiones y de sus desvelos.
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Quienes no son aficionados a las carreras ciclistas por etapas, tipo Vuelta a España, Giro de Italia o Tour de Francia, no entienden, cuando la televisión conecta con el comentarista que transmite la etapa del día, que faltando cincuenta o sesenta kilómetros para el final de la etapa, se oiga decir que el líder va en un grupo de cuarenta o cincuenta corredores, a catorce minutos de un escapado que, si no se remedia, acabará ganando la etapa. El neófito espectador cree que la vuelta se gana en cada etapa, razón por la que piensa que si no se alcanza al escapado, el líder se quedará sin su maillot que le identifica como tal.
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Por lo visto y oído, la Transición trajo la democracia, la libertad, la Constitución y, además, la falta de democracia interna en los partidos políticos. Según escribió el sociólogo César Molinas en El País el pasado domingo 19 de julio, «la autorregulación y opacidad de los partidos políticos en España no tiene parangón en Europa. Sus raíces se remontan a la Transición, período histórico en el que hubo mucha preocupación por la estabilidad de la joven democracia. Para asegurar esa estabilidad, se optó por dar a las cúpulas dirigentes de los partidos un poder muy grande sujeto a muy poco control por las bases militantes». Es decir, la estabilidad de la naciente democracia era inversamente proporcional a la democracia en el seno de los partidos; a más estabilidad democrática, menos democracia interna partidaria y más poder omnímodo para sus dirigentes.
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