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No es fácil, pero se puede

Es costumbre en la democracia española, cuando se acercan las elecciones, poner el acento en el nombre de los candidatos antes que en los partidos políticos. De todos (o de casi todos) es sabido que no somos los electores los que elegimos al presidente del Gobierno. Son los diputados, reunidos en el Congreso, los encargados de designar para ese cargo a la persona capaz de aglutinar alrededor suyo un mínimo de 176 votos en la primera votación o a más votos a favor que en contra en la segunda. Elegimos parlamentarios cada vez que se convocan elecciones generales al Congreso y al Senado. Y son ellos los que en nuestro nombre y como representantes de la soberanía nacional se encargan de articular todas y cada una de las funciones que tienen encomendadas por la Constitución Española y por el Reglamento del Congreso y del Senado.

En enero de 2017, más rebajas

Congreso de los Diputados. Foto: EFE
Antes de la muerte de Franco y durante la Transición española, la dedicación a la actividad política constituía en la mayoría de los casos un ejemplo de dignidad, valentía y altura de miras. En la mayor parte de los casos, el compromiso acompañaba a quienes se dedicaron a esa actividad. La cosa ha ido enredándose de tal manera que ahora esa dedicación -absolutamente necesaria para que la democracia exista- es sospechosa. Lejos de dar brillo, lo que hace es empañar la imagen. Antes, la familia aconsejaba no dedicarse a la política porque resultaba una actividad peligrosa para quienes habían vivido en sus carnes el fracaso de la II República y el terror de la dictadura. Ahora, las familias vuelven a aconsejar la no dedicación porque aparece como una actividad vergonzosa a los ojos de muchos ciudadanos.

Hartos de los que están hartos

Mariano Rajoy en el Congreso. Foto: EFE
No hay defensor de la regeneración democrática y política que no comience sus conversaciones, sus comentarios o sus artículos sobre la situación política española con el manido ¡Estamos hartos! Esa es la exclamación con la que se inicia la perorata sobre la incapacidad de los partidos políticos para ponerse de acuerdo a la hora de conformar un Gobierno en España. Consideran una agresión el hecho de que, después de dos elecciones, se siga manteniendo la duda sobre el titular de la Presidencia del Gobierno y se maneje la fecha de finales de noviembre o principios de diciembre para volver a someter a los españoles a la ¿tortura? de tener que volver a las urnas. Tortura era no poder votar durante cuarenta años. Si votamos dos veces extras, se nos siguen debiendo ocho elecciones.

Cumplir las promesas de la campaña

Siempre que pasa lo mismo, se dice lo mismo, sin que exista la más mínima garantía de que se van a cumplir las premoniciones. Cuando, después del 20-D, los partidos del arco parlamentario no fueron capaces de llegar a un acuerdo para formar un Gobierno, los más avispados de entre nosotros auguraban una amplia abstención si se volvían a convocar nuevas elecciones; se aventuraba que los responsables de conducir al país a un nuevo proceso electoral lo pagarían caro en las urnas. No pasó ni una cosa ni otra. Los españoles volvimos a votar el pasado 26 de junio con un porcentaje de participación parecido al que acudió a votar en las elecciones de seis meses atrás. PSOE y Ciudadanos, ante la inacción de Rajoy, intentaron formar un Gobierno que sólo exigía la abstención del PP o de Podemos. Podemos se quedó como estaba en las últimas elecciones, y PP ganó diecisiete escaños. Nada de lo que se predijo ocurrió.

No a cualquier precio

En primer término, Nicolás Sartorius; a la izquierda, adelante, Diego López Garrido. SAMUEL SÁNCHEZ Un grupo de intelectuales, artistas y sindicalistas presentaron el lunes, 11 de abril, un manifiesto que sumaba un centenar de adhesiones en el que se reclamaba «un acuerdo entre el PSOE, Podemos y Ciudadanos para lograr un Gobierno del cambio y evitar las elecciones y al PP». Salvo los votantes del partido popular, serán pocos los ciudadanos que estén en contra de ese deseo que los intelectuales, artistas y sindicalistas manifiestan en el documento presentado.

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