¿Y si se disculpara o admitiera su error?

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Me puse en la mañana de ayer a teclear unas líneas para enviar al HufftPost sobre Artur Mas. Desde que pasaron las elecciones municipales y autonómicas de mayo pasado, no hay día que no se tenga el impulso de escribir algo sobre el presidente de la Generalitat de Cataluña. Cuando estaba terminando me llegó la noticia de la muerte de Txiki Benegas. Y no tuve dudas: entre escribir sobre el catalán o hacerlo sobre el vasco, era como decidir entre lo malo y lo bueno, lo desleal y lo leal, lo insensato y lo sensato, lo nacionalista y lo socialista, lo indigno y lo digno, el oportunismo y la generosidad, la antipatía y la simpatía, el atolondramiento y la sensatez, la insolencia y el comedimiento. Abandoné a Mas y me fui con Txiki, con el que ya nunca más podré dialogar sobre el PSOE y sobre España, dos de sus grandes pasiones y de sus desvelos.
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No siempre se tiene la oportunidad de haber podido elegir entre un camino u otro, entre una posibilidad y otra. Hay personas que o aceptan el trabajo que se les ofrece o se quedan en paro. En ese caso, no existe una oportunidad perdida, porque quedarse en paro no es ninguna oportunidad. Pero algunas veces sí se presenta la ocasión de poder decidir sin que nunca lleguemos a estar absolutamente seguros de que elegimos la mejor o la menos mala. En esto, como en la educación de los hijos, no venimos al mundo con un manual de instrucciones que nos saque del atolladero y nos avise de qué hacer cuando se trata de optar.
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Por lo visto y oído, la Transición trajo la democracia, la libertad, la Constitución y, además, la falta de democracia interna en los partidos políticos. Según escribió el sociólogo César Molinas en El País el pasado domingo 19 de julio, «la autorregulación y opacidad de los partidos políticos en España no tiene parangón en Europa. Sus raíces se remontan a la Transición, período histórico en el que hubo mucha preocupación por la estabilidad de la joven democracia. Para asegurar esa estabilidad, se optó por dar a las cúpulas dirigentes de los partidos un poder muy grande sujeto a muy poco control por las bases militantes». Es decir, la estabilidad de la naciente democracia era inversamente proporcional a la democracia en el seno de los partidos; a más estabilidad democrática, menos democracia interna partidaria y más poder omnímodo para sus dirigentes.
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