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Lo que no puede ser, no puede ser, y además…

Sánchez e Iglesias. (EFE)
Después de tanta discusión, el Comité Federal del PSOE avalará la propuesta de la Comisión Ejecutiva Federal para retrasar la celebración del Congreso ordinario de los socialista españoles. Si la Ejecutiva Federal ha tomado esa decisión es porque tiene la seguridad de que el máximo órgano entre Congresos la va a apoyar incondicionalmente. Por cierto, como no podía ser de otra forma. Mayo no era el mejor mes para andar buscando avales entre los militantes para elegir secretario general, porque las elecciones de junio estarán a la vuelta de la esquina. No parecería lógico que mientras los demás partidos estuvieran preparando sus estrategias para la campaña electoral, los socialistas se dedicaran a elegir internamente sus órganos de dirección.

Certezas y paradojas

No pretendo con este escrito convencer a nadie de nada. Compartir certezas y dudas se me antoja necesario en este complicado momento en el que vivimos. Nadie sabe, por ejemplo, si es cierto que un gobierno cuyo presidente fue la consecuencia de un parlamento surgido de unas elecciones, debe rendir cuentas o no de su acción de gobierno ante otro parlamento, consecuencia de otras elecciones posteriores.

De lo que no cabe la menor duda -y ahí va mi primera certeza- es de que es el Parlamento, y no los ciudadanos, el que elige al presidente de un gobierno en un sistema parlamentario como el que diseña nuestra Constitución, a diferencia de lo que ocurre en los sistemas presidencialistas. Resulta paradójico y contradictorio que, para demostrar el nivel de democracia en el funcionamiento interno de un partido, la prueba del nueve sea la de elegir o no a su candidato a presidente del Gobierno, alcalde o presidente de comunidad autónoma por el procedimiento de primarias.

Acortar plazos o cambiar género

Cuando el diputado Xavier Domènech, líder de En Comú Podem, acabó su intervención en el debate de investidura, Pablo Iglesias, portavoz de Podemos se abalanzó sobre él para abrazarle y besarle los labios. Nada pasó y a nadie escandalizó. Por eso, cuarenta y ocho horas después, ese mismo Pablo Iglesias volvió a la tribuna de oradores del Congreso para sorprenderse de que, habiendo besado a un hombre en los labios, nadie hubiera manifestado su escándalo. Cualquiera diría que estaba celoso de su compañera Bescansa que, con su aparición en el hemiciclo con el niño a cuestas, sí levantó opiniones y comentarios de todo tipo y calaña. El adanismo de Iglesias le lleva, a veces, a olvidar que antes de que él llegara, el PSOE y varios grupos parlamentarios habían aprobado leyes en el parlamento que terminaban con la discriminación que suponía ese tipo de amores.

Bolsas y flores

A los hijos de Isaías Carrasco

La pregunta es: ¿Qué hacían a la puerta de la cárcel de Logroño tantos medios de comunicación el pasado día 29 de febrero? ¿Cuáles eran las urgencias informativas de la población española como para que tanto periodista y tanta cámara de televisión estuvieran desde tempranas hora de la mañana, esperando la salida de un preso que había ingresado en prisión por su pertenencia a banda armada? ¿Qué esperaban que dijera semejante personaje? ¿Qué tiene de noticiable que alguien salga de prisión después de haber cumplido condena por haber sido de ETA? Tanta gente de la prensa fue la excusa que le sirvió a Otegi para afirmar que a los demás presos no se les dispensa tal tratamiento informativo; que si estaba allí tanta cámara de TV, por algo sería. Y ese algo para él -y para los que piensan y mataban y secuestraban como él- es que él no era un preso que había sido encarcelado por haber delinquido sino por haber pensado políticamente de manera diferente a como se piensa por el resto de los ciudadanos. Que él era un preso político.   Tanta cámara animó, también, a Pablo Iglesias a proclamar a los pocos minutos de la puesta en libertad de Otegi que su puesta en libertad era una buena noticia para los demócratas y que nadie debería ir a la cárcel por sus ideas.

Comprometerse o involucrarse

Sánchez y Rivera. (EFE)
Fui uno de los que participaron en la comida que se organizó en Madrid, el pasado 28 de enero, por un nutrido grupo de socialistas. Algunos miraron con cierto respeto a los que allí nos reunimos, mientras que otros trataron de zaherirnos con el apelativo de viejos caducos. No merece la pena defenderse; ni siquiera mostrar la hoja de servicios prestados a España y al PSOE, porque eso sí sería considerado como muestra de vejez, al mismo tiempo que haría palidecer a algunos de los que pretenden faltarnos al respeto. Como mucho, los que estuvimos allí somos un espejo en el que algunos no quieren mirarse porque su imagen les resulta fea. Haber perdido siempre y mirarse en el espejo de alguien que siempre ganó no es un ejercicio recomendable.

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