No hay diálogo posible ni nada que negociar con el independentismo. O Constitución y Estado democrático de derecho o república catalana independiente. Éstas y no otras son las alternativas que están en juego. Los independentistas ya han manifestado, por activa y por pasiva, cuáles son sus premisas de partida: La república catalana independiente ya fue promulgada y no piensan retroceder hacía otra fórmula diferente.
«Los actuales dirigentes de las formaciones que apoyan la Constitución española tienen que decirnos ya al resto de los españoles cuál va ser el papel por el que quieren pasar a la historia»
¿Qué es un relator? ¿Quién es el relator? No me interesa tanto saber quiénes son ellos como saber quiénes somos nosotros. Y en ese nosotros incluyo a los partidos constitucionalistas, tanto los que votamos la Constitución (PSOE) como los que se abstuvieron (PP) o no la votaron porque no existían como partido en 1978 (Cs). Y ese nosotros enfrenta un conflicto que promete acabar con la Constitución y, por tanto, con la democracia, salvo que seamos capaces de ganarles desde la legalidad constitucional y desde la lealtad democrática. Ese conflicto no es otro que el proceso secesionista que si no fuera por la tragedia que está generando en Cataluña podríamos equipararlo al proceso de Kafka por la cantidad de dislates que lo acompañan.
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Muy débiles deben ser las razones que animan a algunos independentistas a considerar como nación a Cataluña si se ven obligados a mentir y a calumniar para justificar esa creencia. Y políticamente deben ser poca cosa aquellos que para llamar la atención en su territorio se agarran a la injuria, al agravio y al insulto a los ciudadanos andaluces y extremeños. En multitud de ocasiones ambas regiones han tenido que escuchar y soportar declaraciones de políticos nacionalistas catalanes que rayaban siempre el ultraje y el desprecio. Por estas tierras se tiene la sensación de que los independentistas sólo se sienten importantes si de cuando en cuando, y sin que venga a cuento, se descuelgan con palabras torticeras sobre la supuesta vagancia, indolencia e incultura de andaluces y extremeños. Unos cuantos ejemplos ilustran perfectamente esa actitud que destila supremacismo y odio adobados con el cacareado cuento de que los vagos del sur vivimos a costa del esfuerzo fiscal y laboral de los esforzados contribuyentes catalanes.
El hijo de Fernando Múgica, asesinado por ETA, ha pedido la baja en el PSOE a raíz de la cena que compartieron Idoia Mendía y Arnaldo Otegi. ¡Quién no haría lo mismo si viera a la secretaria general de su partido brindando con un ex integrante de la banda terrorista que asesinó a su padre! ¡Quién no sentiría un profundo dolor al contemplar esa fotografía en la que se ve una pareja formada por una representante de un viejo partido democrático y al representante de otro partido refundado sobre las cenizas de los casi mil asesinados por la banda terrorista ETA! Son perfectamente adivinables los pensamientos que habrán invadido la cabeza de la familia de ese dirigente socialista que ya no está entre nosotros porque en 1996 la banda a la que pertenecía Otegi se encargó de acribillarlo cobardemente en una calle de San Sebastián.
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Había accedido a la condición de diputado sin la preparación ni la convicción necesaria para abordar el desafío que los españoles nos habíamos propuesto acometer a la muerte del dictador Franco. Mi militancia en el PSOE no era para obtener un cargo, sino para contribuir a derrotar a la dictadura. Mi tercer puesto en la lista del PSOE al Congreso de los Diputados por la provincia de Badajoz no dejaba de ser más que un nombre para rellenar los huecos que quedaban libres para completar los siete que se necesitaban. Según Alfonso Guerra, el PSOE en Badajoz solo obtendría un diputado. Nunca supe si se equivocó o me engañó; el caso es que me vi legitimado para participar en la elaboración de una Constitución sin la que no habría democracia en España.
Desde el primer momento en que puse el pie en el hemiciclo supe que los que estábamos allí, estábamos para hacer algo transcendente. Ver bajar por las escalerillas del hemiciclo a Dolores Ibárruri, cogida del brazo del poeta Rafael Alberti, para ocupar la mesa de edad, junto con quienes habían servido al franquismo me trasladó a un escenario inimaginable un año antes, pero que se abría para que los diputados representáramos la mejor obra democrática que jamás se puso en escena en España: la Constitución de 1978