La tinta de calamar, ese pigmento oscuro que desprenden algunos cefalópodos, que se expulsa por las aberturas laterales cuando el cefalópodo se encuentra en peligro, deja un rastro oscuro que permite desorientar al atacante. Se trata generalmente de una estrategia de evasión. Esta estrategia, vieja como la vida misma, no solo es usada por el calamar. Todos, en alguna ocasión, hemos tirado de ella cuando hemos sentido que lo mejor era que se perdiera nuestro rastro para evitar que alguien pudiera hacer el tiro al blanco con nosotros. Hay ejemplos muy acabados en la vida y en la literatura de la estrategia de la tinta del calamar. Sin ir más lejos, Podemos, la emergente-descendente nueva fuerza política, la emplea constantemente, arrojando tinta, según los temas y los espacios, para impedir ser percibido con claridad por los depredadores y para no asustar a ningún posible votante.
Un partido político no es más que el instrumento del que se vale un nutrido grupo de ciudadanos para intentar conseguir el poder institucional y, desde él, tratar de conformar la sociedad en la que viven de acuerdo a los principios que inspiran su pensamiento y su visión del funcionamiento de esa sociedad. Se milita en un partido para ganar unas elecciones, que es lo que ocurre cuando circulan en lamisma frecuencia de onda la mayoría de los electores y el partido que aspira a representarlos.
Se inició el juicio contra los padres de la malograda niña Asunta Basterra Porto, niña de doce años, encontrada muerta en una pista forestal del municipio de Teo, en La Coruña, el 22 de septiembre de 2013. Tanto Rosario Porto, la madre de Asunta, como Alfonso Basterra, el padre, están acusados de la muerte de su hija que, en este mes, habría cumplido 15 años.
Formar parte de una comunidad en la que destaque espectacularmente una de las ciudades que componen el territorio de esa comunidad tiene la ventaja de que se tiene una referencia importante, como la cruz de guía del colectivo, y el inconveniente de que la parte llega a representar simbólicamente al todo. Eso es lo que ocurre en Cataluña y en la Comunidad Autónoma madrileña. Barcelona y Madrid son las partes, pero que los que no viven en ellas, las identifican con el todo.
La semana pasada escribí en estas mismas páginas un artículo que llevaba por título Acuerdo y desacuerdo con Felipe González. Después de lo visto, del desmentido de Felipe, y del silencio posterior, no tengo más remedio que titular este con el de Acuerdo con Felipe González, puesto que el desacuerdo ya no existe. Creo que no dijo lo que el periodista de La Vanguardia dijo que dijo, y no tengo ganas de preguntar por las razones que llevaron al periodista a entrecomillar una frase que Felipe no dijo. Si hubiera sido un político el que hubiera manipulado algo tan transcendente en estos momentos, se hubiera pedido su dimisión inmediata.