A raíz de la sentencia sobre el caso de los ERE de Andalucía, por la que han resultado condenados en primera instancia los que fueron presidentes, consejeros y altos cargos de la Junta de Andalucía en la etapa de Manuel Chaves y José Antonio Griñán, se ha puesto de moda acusar y dar por muerto al que llaman «viejo PSOE». En el supuesto de que eso fuera cierto, no se especifica si el final del «viejo PSOE» produce pena o alegría en quienes lo pregonan.
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Muy débiles deben ser las razones que animan a algunos independentistas a considerar como nación a Cataluña si se ven obligados a mentir y a calumniar para justificar esa creencia. Y políticamente deben ser poca cosa aquellos que para llamar la atención en su territorio se agarran a la injuria, al agravio y al insulto a los ciudadanos andaluces y extremeños. En multitud de ocasiones ambas regiones han tenido que escuchar y soportar declaraciones de políticos nacionalistas catalanes que rayaban siempre el ultraje y el desprecio. Por estas tierras se tiene la sensación de que los independentistas sólo se sienten importantes si de cuando en cuando, y sin que venga a cuento, se descuelgan con palabras torticeras sobre la supuesta vagancia, indolencia e incultura de andaluces y extremeños. Unos cuantos ejemplos ilustran perfectamente esa actitud que destila supremacismo y odio adobados con el cacareado cuento de que los vagos del sur vivimos a costa del esfuerzo fiscal y laboral de los esforzados contribuyentes catalanes.
Es posible que el señor Tezanos, catedrático de sociología y director del CIS, se equivocara honradamente en el sondeo que publicó semanas antes de la celebración de las elecciones autonómicas andaluzas, atribuyendo de 45 a 47 escaños al PSOE de Andalucía y solo 1 al incipiente partido llamado VOX. El error fue de tal naturaleza que, tal vez, Tezanos debería revisar sus métodos y adaptarlos a los tradicionales del CIS que están ya suficientemente contrastados. Desde mi punto de vista, no hay que ser sociólogo ni politólogo ni analista político, que de todo hay, y en abundancia, en emisoras y televisiones, para haber comprendido que las cosas no podían haber salido de manera diferente a como se han conducido. No podía ser creíble una candidata que apostando, con todo merecimiento y todas las credenciales, a la Secretaría General del PSOE, lo que implicaba el abandono de la presidencia de la Junta de Andalucía y de la Secretaría General del PSOE andaluz, cuando pierde esa oportunidad, regresa a tierras andaluzas como si nada hubiera pasado. Y sí pasó: pasó que perdió mucha credibilidad. Si se opta por lo más, después no se puede acudir a lo menos diciendo que lo menos es lo más. De nuevo el sistema de primarias casi aniquiló a una excelente política y contribuyó a la derrota del PSOE en Andalucía.
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Antes de que la sra. Tejerina insultara a los andaluces, la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes, afirmó que los madrileños estaban pagando la educación y la sanidad de los andaluces, por culpa de un sistema de financiación autonómica «injusto». Debe ser que pagan muy mal puesto que según su compañera de partido, Isabel García Tejerina, «en Andalucía te dicen que lo que sabe un niño de diez años es lo que sabe un niño de ocho en Castilla y León».
La cosa viene de lejos, porque la también popular Ana Mato, en una entrevista en Punto Radio, en marzo de 2008, aseguraba que «los niños andaluces son prácticamente analfabetos». Artur Mas alardeó de que los niños catalanes sabían hablar mejor el castellano que, por ejemplo, los sevillanos, a los que «no se entiende». Y el inefable ex portavoz del PP, Rafael Hernando, en marzo del 2015 ya dijo que «hay que sacar a Andalucía del pelotón de los torpes».
Durante años hemos tenido que escuchar que la democracia consiste en la alternancia en el gobierno. Ese eslogan siempre aparecía en los procesos electorales y venía a cuento porque quienes así opinaban consideraban que, tanto en Extremadura como en Castilla-La Mancha como en Andalucía, esa máxima no se estaba cumpliendo debido a la larga permanencia de los socialistas en el gobierno de dichas comunidades autónomas y que, por lo tanto, en ninguna de esas comunidades existía la democracia.