democracia

No todo el que vota populismo es populista

Los partidos democráticos de la derecha y de la izquierda identifican al votante influido por el miedo con el populista ideológico

El presidente de Brasil, Jair Bolsonaro

Ya se venía venir. Creíamos que la democracia occidental estaba consolidada. No íbamos a ser tan estúpidos como para dejarnos arrastrar por los Trump, los Salvini, los Le Pen y demás saboteadores de la libertad. Con lo que costó desterrar los discursos racistas, xenófobos, machistas, dictatoriales, sabíamos que quienes se asomaran a la arena electoral con esos pronunciamientos no llegarían ni a la esquina de cualquier colegio electoral. Eso ya no tenía sitio en sociedades hechas y derechas como las nuestras. Quienes se atrevieran a despreciar a las mujeres, a los homosexuales, a quienes tuvieran una piel de color diferente a la «blanca» o una religión distinta de la «verdadera» estarían cavando su tumba en el momento de nacer.

Oficio de alto riesgo

Oficio de alto riesgo / Rosell

El pasado día 25 de junio el Consejo de Ministros del Gobierno de España aprobó un decreto anticrisis que o me parece raro que cada día sean menos las personas que con un cierto nivel de preparación profesional y un coeficiente de inteligencia normal decidan dar la espalda a la política. El ejercicio institucional se ha convertido en un oficio de alto riesgo como lo ponen de manifiesto las condenas, ratificadas por el Tribunal Supremo, a los ex presidentes de la Junta de Andalucía, Manuel Chaves y José Antonio Griñán. Uno, Chaves, condenado a la inhabilitación por nueve años para cargo público y otro, Griñán, condenado a pena de prisión de seis años y un día. No voy a ir por la línea ya marcada por quienes se sorprenden de que la ex presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, no tuviera el más mínimo conocimiento de la corrupción en la que estaban incurriendo sus más allegados colaboradores, mientras que Chaves y Griñán deberían haber estado al tanto de las triquiñuelas que se cometieron con el subsidio por despido de algunos trabajadores de empresas en crisis. Los magistrados sabrán por qué la Justicia es a veces tan injusta, tan diferente y tan de colores.

El laboratorio andaluz

Utilizar las elecciones andaluzas como munición contra Sánchez o contra Feijóo es una falta de respeto que los votantes andaluces no deberían tolerar

El presidente del PP, Alberto Núñez Feijoó, durante su intervención en un mitin en Granada.

Tratando de hacer un chiste, Feijóo metió la gamba cuando intentó comparar la belleza de la puesta de sol en Granada con la puesta de sol en Finisterre. “Clinton no estuvo en Finisterre y por eso proclamó la puesta de sol granadina como la mejor del mundo”.  No teníamos bronca suficiente como para que ahora nos enzarcemos por el nombre de una ciudad fusionada o por una puesta de sol. Y como la comparación de Feijóo la hizo en el contexto de una campaña electoral andaluza, los electores deben estar pasmados por el nivelazo del debate político de la campaña, a la que, por si le faltaba algo, el presidente del Partido Socialista Obrero Español de Andalucía añadió algo de sal adjetivando de tonto-polla a Feijóo.

Yo, mi, me, conmigo

Salvo en las elecciones locales en las que los candidatos son muy conocidos por los votantes, a medida que sube la población disminuye el conocimiento del candidato

El presidente de la Xunta de Galicia y candidato a la presidencia del PP, Alberto Núñez Feijóo; el presidente de la Junta de Andalucía y presidente del PP andaluz, Juanma Moreno y la portavoz del PP en el Congreso de los Diputados y futura secretaria general del partido, Cuca Gamarra

De nuevo, una nueva campaña electoral. Esta vez en Andalucía. Y lo hace de manera personalista. Oigan al candidato Moreno o a la vicepresidenta segunda del Gobierno de España y comprobarán que no pretenden liderar un proyecto para un territorio. Puro personalismo. Solo hablan de ellos: Yo, mí, me, conmigo. Y solo yo. Y sola yo.

Desprecio a la política

Desprecio a la política / Rosell

Antes de la muerte de Franco y durante la transición española, la dedicación a la actividad política constituía en la mayoría de los casos un ejemplo de dignidad, valentía y altura de miras. En la mayor parte de los casos, el compromiso acompañaba a quienes se dedicaron a esa actividad. La cosa ha ido enredándose de tal manera que ahora esa dedicación -absolutamente necesaria para que la democracia exista- es sospechosa. Lejos de dar brillo, lo que hace es empañar la imagen. Antes, la familia aconsejaba no dedicarse a la política porque resultaba una actividad peligrosa para quienes habían vivido en sus carnes el fracaso de la II República y el terror de la dictadura. Ahora, las familias vuelven a aconsejar la no dedicación porque aparece como una actividad vergonzosa a los ojos de muchos ciudadanos.

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