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Dejad en paz a Felipe González

Cuando en 1991 Alfonso Guerra salió de la vicepresidencia del gobierno de España, muchos de los que ponían una alfombra a su paso, se alejaron de él para acercarse a Felipe González. Alfonso sufrió con mayor o menor frialdad la traición de quienes dejaron de ser “guerristas” para apuntarse al “felipismo”. Esos mismos, que besaban la tierra que pisaba el entonces presidente del gobierno, hoy no solo se han desmarcado de él, sino que, por su afán de hacer méritos ante el poder actual, le difaman, le insultan, le calumnian o le maldicen por su manera de ser, de pensar y de ser libre a la hora de opinar.

Sabor a helado de pistacho

Sabor a helado de pistacho

Como a tantos otros, la muerte de Javier Lambán me dejó un cierto sabor a helado de pistacho. Algo amargo porque nuestro querido y admirado Javier Lambán aún era joven para salir de la vida. Él, como otros responsables de gobiernos autonómicos y municipales, fue desalojado de la presidencia de Aragón por una cuestión de tiempo. Si las elecciones generales hubieran precedido a las autonómicas y municipales, la salud de Javier le hubiera jugado de igual forma una mala pasada, pero Javier hubiera muerto siendo presidente de la Comunidad Autónoma de Aragón.

Una izquierda no socialista

Si no es socialista, ¿qué es? Ya no mola ser comunista, ni marxista, ni leninista, ni eurocomunista, ni maoísta, ni anarquista. Si querían conformar un grupo para conseguir sus objetivos tenían que conseguir una identidad bajo la que camuflarse. La Ley de Memoria Histórica vino en su ayuda. Se declararon antifranquistas Y, entonces, sí podían ser compañeros de viaje de los socialistas. ¿Quién va a rechazar formar un bloque con todos aquellos que rechazan la dictadura?

…era de izquierdas

Cualquiera sabe que si los independentistas piden financiación singular es para ganar más. Cuanto más grande sea la parte del pastel que se lleva uno, menos queda para repartir entre el resto. Pero eso, con ser un disparate que ningún socialista debería apoyar y mucho menos votar, no es el mayor destrozo que se le puede hacer a un Estado como el español, regido por una Constitución que prohíbe ese dislate.

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